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    La Eterna Parranda, la gran crónica de Diomedes Díaz

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    La Eterna Parranda, la gran crónica de Diomedes Díaz

    Mensaje  Admin el Vie Jul 02, 2010 12:30 am

    De espantapájaross a mensajero, de mensajero a gran estrella y de gran estrella a encarnación de la decadencia, la vida de Diomedes Díaz ha sido desmesurada y desordenada, luego de casi cuatro años de investigación, el mejor cronista de Colombia Alberto Salcedo Ramos la cuenta a continuación en tres partes para los lectores de SOHO como un regalo central de su número de aniversario de manera exclusiva.

    Primera Parte:

    1. Gracia y desgracia de un espantapájaros

    Ese hombre que desde hace unos minutos se encuentra en la tarima, al lado del presentador, es idéntico a Diomedes Díaz: en la risotada chillona, en la gesticulación teatral. Sin embargo, es difícil hacerse a la idea de que, en efecto, es él, debido a que presenta cambios notables. El rostro está enmarcado por una barba selvática que distorsiona sus facciones. La melena revuelta y el bigote tosco partido en dos mitades espaciadas, como el de Cantinflas, le confieren el semblante de un condenado que acabara de escaparse de su mazmorra. El hecho resulta absurdo: Diomedes Díaz lleva casi un año huyendo de la justicia. No tendría ninguna lógica que se hubiese atrevido a abandonar su escondite, donde es intocable, para exponerse a ser capturado en esta plaza pública repleta de policías. En todo caso, el tipo se parece mucho al cantante: en su pronunciación cantarina, en sus ademanes grandilocuentes.

    La escena transcurre en Badillo, pueblo agrícola en el que se celebra, desde hace tres días, el Festival del Arroz. El lugar se encuentra a unos treinta kilómetros de Valledupar, la meca del folclor vallenato. Es una noche de junio de 2001. Muchos espectadores siguen desconcertados, acaso porque no entienden cómo es que un artista tan vitoreado y tan perseguido aparece de pronto entreverado con ellos en esta feria menor. Pero, a fin de cuentas, ¿sí será Diomedes Díaz? Está vestido de un modo que jamás se le ha visto en ningún otro escenario público: con una pantaloneta que deja al descubierto sus muslos flacos y unas alpargatas indígenas. Se ve desaliñado, empobrecido. De repente, el supuesto Diomedes toma un micrófono y dice que su vida no tendría sentido sin el cariño de sus seguidores. Él canta es por ellos, añade después, enfático, mientras se golpea el pecho con la palma de la mano derecha. En seguida, arqueando el tronco hacia atrás, como para gritar con más fuerza, suelta uno de sus estribillos inconfundibles.

    —¡Con mucho gustoooooo!

    El animador aclara de una vez por todas que no se trata de una alucinación. El hombre que acaba de hablar —agrega, con esa voz estrepitosa típica de los locutores de bazar— es nada más y nada menos que El Cacique de La Junta, señoras y señores, el mismísimo Diomedeeeeeeeeeeeees Díaaaaz. Las cinco mil personas que están arremolinadas en la plaza largan un aplauso que parece interminable. Entonces el animador se explaya en una retahíla de elogios impetuosos para referirse al rapsoda del pueblo, el turpial que mejor trina, el chivo que más mea, el gallo que alborota el corral, el mandacallá de los cantantes. El público delira, ruge. Diomedes se dirige al otro extremo de la tarima, donde se encuentra el conjunto vallenato que participa a esta hora en el festival. Tambalea como si caminara dentro de una canoa en el mar. Se nota que, por la borrachera, se le dificulta mantenerse en pie. Sin embargo, se las arregla como puede para llegar donde el acordeonero y pedirle que entone Tres canciones, uno de sus temas clásicos. En seguida, sin ninguna concertación previa, el grupo comienza a tocar la pieza mientras Diomedes lanza un alarido:

    —¡Ay, mujeeeeeereeees!

    La multitud acompaña, enardecida, los primeros versos de la canción:

    Hágame el favor, compadre Debe,

    y en esa ventana marroncita

    toque tres canciones bien bonitas

    que a mí no me importa si se ofenden.

    ¿Qué hace el más celebrado cantante vallenato de todos los tiempos trepado en esta tarima de conjuntos principiantes? ¿De dónde salió y cómo llegó a este lugar? ¿No se suponía que andaba huyendo de la justicia que lo solicitaba por el homicidio de su amiga Doris Adriana Niño? Todas las personas que están en esta plaza saben que, en agosto del año 2000, Diomedes fue condenado como reo ausente debido a que había desaparecido de su casa en Valledupar. Desde entonces existen versiones contradictorias sobre su destino. Algunos habitantes de la región murmuran que se aloja en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, bajo la custodia de un escuadrón de paramilitares. Otros comentan que se refugia en una ranchería de indígenas wayúu en la desértica Alta Guajira, frente al mar Caribe, cerca al Cabo de la Vela. Varios noticieros de televisión han mostrado fotografías del cantante en la clandestinidad. En casi todas las imágenes Diomedes exhibe la misma catadura de ermitaño que se le ve esta noche aquí en Badillo: peludo, descuidado. Sin embargo, en esas fotos queda claro que, dondequiera que se encuentre, no está consumiéndose de tristeza ni humillado por su condición de hombre fugitivo. Al contrario, se emborracha con sus compadres, se atraganta de chivo guisado o suelta una carcajada colosal que deja al descubierto el famoso diamante que tiene incrustado en uno de sus dientes delanteros. En las fotos hay músicos endomingados, políticos distinguidos, banquetes generosos servidos sobre hojas de bijao, rondas de gregarios radiantes que baten las palmas. La conclusión forzosa es que Diomedes vive su vida de convicto en una farra permanente, sin pesares y sin remordimientos. Tal deducción es aún más lógica si se considera que, recientemente, los comerciantes informales del centro de Valledupar comenzaron a vender, como la gran novedad musical de la temporada, un disco compacto que contiene la canción inédita El tigrillo, grabada por Diomedes en una parranda furtiva en su escondite.

    Oiga, primo Alejo,

    tráigame el jabón

    que me meó el tigrillo

    y no aguanto el olor.

    Tanto las fotografías como la grabación clandestina generan reproches. El comentario generalizado es que Diomedes Díaz se burla de la justicia colombiana. A estas alturas nadie cree que las autoridades realmente ignoren dónde se esconde, pues su paradero es la comidilla preferida de los chismosos de la comarca. Algunos dicen que lo han visto en la hacienda de su ex mánager y compadre Joaquín Guillén, ubicada en el caserío conocido con el nombre de El Alto de la Vuelta. Otros advierten que se oculta en su propia finca, llamada La Virgen del Carmen. Las malas lenguas cuentan que hasta se da el lujo de ir ciertas noches a Valledupar para dormir con su mujer, y que, en tales casos, franquea sin problemas los retenes del Ejército. En este punto los más suspicaces abren un paréntesis para recordar una historia que ocurrió a finales de 1999, cuando a Diomedes Díaz se le adelantaba el proceso judicial por el presunto delito de homicidio agravado. En vista de que padecía el Síndrome de Guillain-Barré —un trastorno del sistema nervioso—, fue exonerado temporalmente de la medida de aseguramiento proferida en su contra, y por esa razón no estaba en la cárcel, como ordena la ley, sino aposentado a placer en su propia casa. Pese a la enfermedad, por esos días se internó en un estudio fonográfico, donde grabó con el acordeonero Franco Argüelles su disco Experiencias vividas. Pues, bien: cuando cantó la canción Cabeza de hacha, Diomedes le envió al comandante regional de la Policía el más ruidoso y zalamero de sus saludos:

    —Mi coronel Ciro Hernando Chitiva: ¡insignia nacionaaaaaaalllll!

    Los más maliciosos se preguntaban si el comandante de la Policía se atrevería a capturar a Diomedes después de ese saludo tan efusivo. Pero, además, en los altos círculos sociales de Valledupar se sabía que el coronel Chitiva y Diomedes eran compañeros de parranda. En aquel diciembre de 1999 los funcionarios de la Fiscalía General de la Nación que manejaban el expediente intentaban verificar si la enfermedad del acusado era cierta o si se trataba de una coartada para evadir la justicia. En caso de que fuera lo segundo, la medida de aseguramiento recobraría vigencia y, por tanto, Diomedes sería trasladado de su casa al calabozo. A mediados del año 2000 un perito enviado a Valledupar por la Fiscalía conceptuó que Diomedes se encontraba en perfecto estado de salud. El Guillain-Barré, si acaso existió, era ya un asunto del pasado: Diomedes disfrutaba plenamente de su capacidad de locomoción. Había que ponerlo inmediatamente tras las rejas, como establece la ley. Justo en ese momento decidió escaparse, un gesto que no podía entenderse sino como un desafío a las autoridades judiciales. Entonces los malpensados recordaron el saludo de la canción Cabeza de hacha. La amistad entre el cantante sindicado y el coronel encargado de su arresto se volvió un tema inevitable en las habladurías callejeras. Nadie entendía por qué los escondites de Diomedes Díaz, frecuentados por romerías de parranderos, resultaban invisibles para los agentes de Policía del departamento del Cesar. La prensa nacional e internacional no tardó en referirse a esta situación anormal. El enviado especial de The Financial Times, James Wilson, publicó un reportaje en el que aseguraba que Diomedes se hallaba resguardado en su finca La Virgen del Carmen, localizada a unos cuarenta kilómetros de Valledupar. El columnista D’Artagnan, quien normalmente escribía sobre cuestiones políticas, exigió en su columna de El Tiempo que Diomedes fuera apresado de una buena vez para que respondiera por el delito que se le imputaba. Pero quienes pensaban como él conformaban una parte reducida de la sociedad. La mayoría de la gente percibía la muerte de Doris Adriana Niño como un simple gaje de la parranda, una jugarreta del destino por la cual no se justificaba interrumpir la celebración que los tenía a todos tan contentos.

    Tan contentos como lucen los espectadores esta noche en Badillo. Es evidente que entre ellos no hay nadie que quiera ver a Diomedes encarcelado. Ni siquiera los agentes que custodian la plaza, quienes en vez de echarle el guante disfrutan de su presentación como meros fanáticos. Y ni hablar del resto del público: muchachos que se extasían al verlo actuar, mujeres que se sienten tocadas por su canto. Los rostros de todos ellos indican a las claras que están dispuestos a perdonarle cualquier barbaridad con tal de que siga cantando. Y lo que Diomedes hace ahora, justamente, es seguir cantando. La canción que entona es una de las más celebradas de su extenso repertorio:

    Para qué me quieres culpar

    si tú eras para mí como agua pa’l sediento

    acaso no recuerdas ya

    que me sentí morir sin la miel de tus besos.

    Lo que sucede esta noche en Badillo es lo acostumbrado en los escenarios donde actúa Diomedes Díaz: los seguidores parecen más interesados en idolatrarlo a él que en regocijarse con sus canciones. Algunos se muestran alelados, los de más allá agitan sus pañuelos. En los conciertos de los otros cantantes vallenatos el público quiere divertirse, básicamente. Los asistentes cantan, tocan las palmas, brincan, bailotean. Pueden pasarse la noche entera sin mirar hacia la tarima donde se encuentra el conjunto, porque para ellos lo que cuenta es su propia alegría. Se entregan al deleite que produce la música y se desentienden del intérprete. En los conciertos de Diomedes, en cambio, el público necesita admirarlo a él. Miles de hombres y mujeres que se habían cuadrado para bailar quedan de pronto petrificados, como si el canto fuera un conjuro que les arrebatara el movimiento. Y se dedican a observarlo nada más. Maravillados, sometidos. Entonces, lo que antes era puro disturbio de los sentidos, gozo en su estado más primitivo, se convierte en culto pagano. Los concurrentes ya no son simples parroquianos en busca de esparcimiento para amortiguar el cansancio o brindar por sus logros, sino feligreses que se postran ante su Mesías. A menudo, los fanáticos pasan de la adoración sosegada, contemplativa, a las expresiones de idolatría más delirantes: una chica se arranca el sostén y lo lanza con fuerza hacia la tarima. Otra se quita el calzón y lo hace girar, desafiante, en su dedo índice levantado como el asta de una bandera. Un muchacho descamisado alza un cartel que tiene escrita la siguiente frase: “eres lo máximo, DIOSmedes”. Una señora borracha se tira al suelo y se suelta el cabello. Un joven que conoce la devoción de Diomedes por la Virgen del Carmen carga una figura de la santa que mide más o menos metro y medio de alto. Otro, enterado de que a Diomedes le gusta la colonia Jean Marie Farina, le ofrece un frasco.

    Ninguno de esos episodios extremos se registra esta noche aquí en Badillo. Entre otras cosas porque los habitantes no sabían que Diomedes venía. Lo que sí se ve, desde luego, es la misma veneración de siempre. En este momento la muchedumbre canta en coro con él.

    Y hoy cuando de la nube te bajas

    Es demasiado tarde, qué vaina

    Pues ya no queda nadaaaaaaaaa

    De aquel amor tan grandeeeeeeeee.

    El fervor del público es motivado, en parte, por una característica de Diomedes que sus allegados definen como carisma. Es una capacidad única de hacerse notar en cuanto llega, de atraer a la gente. Según algunos de sus amigos más cercanos, se trata de un don innato con el cual Diomedes empezó a cautivar a sus interlocutores desde mucho antes de ser famoso. Los ejemplos abundan. Cuando Diomedes tenía nueve años desempeñaba el oficio más triste que le haya tocado realizar a niño alguno en la región: era espantapájaros. El periodista Luis Mendoza Sierra, su biógrafo y amigo, cuenta que en aquella época Diomedes se calaba un sombrero rojo, se calzaba unas abarcas hechas por él mismo con llantas viejas y se ponía una camisa manga larga de algodón. Con ese atuendo se paraba en la mitad del cultivo de maíz que le había sido encomendado por su patrón, y comenzaba a ahuyentar a cuanto pájaro se arrimaba a picotear las matas. Para no aburrirse en la inmensidad de aquel sembrado expuesto al sol bravo de La Guajira, el chiquillo cumplía su tarea a punta de música: hacía sonar un palo contra una lata vieja, mientras cantaba coplas compuestas por él mismo:

    Yo llegué de Carrizal

    porque me buscó Teodoro

    pa’ que viniera a espantar

    perico, cotorra y loro.

    Pericos que no me jodan

    que no me jodan, carajo,

    si se comen las mazorcas

    me botarán del trabajo.

    Según cuenta Jaime Araújo Cuello, otro amigo de infancia, la primera vez que Diomedes entonó esas coplas varios indígenas de la etnia wayúu que cuidaban una parcela contigua a la finca donde él trabajaba como espantapájaros se arrimaron a la cerca común y se dedicaron a contemplarlo, fascinados. Cuando el niño descubrió que lo observaban, se quedó en silencio. El mayor de los indígenas le dirigió la palabra.

    —¡Hey, niño, sigue cantando!

    El niño, malicioso, vio en seguida el camino que se le abría gracias a su voz cautivadora.

    —Lo que pasa es que yo tengo hambre, indio. Si me das una totuma de café, canto.

    De ese modo aprendió a defenderse desde temprano usando su canto como moneda de cambio. Un día lo trocaba por un trozo de panela, otro día por una ración de carne molida, después por una arepa, y así.

    El canto fue también su talismán cuando la familia se mudó de Carrizal, donde él nació, para Villanueva. Entonces, a sus once años, era uno de los niños vendedores de fritos que merodeaban por el colegio del profesor Rafael Peñaloza. En los recreos, recuerda el compositor villanuevero Rosendo Romero, aquellos niños se tomaban en bandada el patio de la escuela. Diomedes tenía la costumbre de amenizar su venta entonando versos improvisados, lo cual entusiasmaba a la clientela. Así, mientras los otros niños necesitaban toda la mañana para deshacerse de sus fritos, Diomedes vendía los suyos en un soplo.

    —A él se le vio desde pelao que tenía un gancho poderoso para jalar a la gente —dice Romero.

    En 1975, cuando contaba dieciocho años, Diomedes se enseñoreaba con su magnetismo por las instalaciones de Radio Guatapurí, en Valledupar, donde trabajaba como mensajero. Había conseguido ese empleo con el único fin de dar a conocer sus canciones entre los cantantes y acordeoneros que frecuentaban la emisora. En aquel momento lo que más le impresionaba a la gente que se topaba con él eran sus zapatos de tonos vivos. Curiosamente, todos los zapatos que usaba eran del mismo modelo: solo se diferenciaban en el color: unos eran marrones, otros azules, los del día siguiente rojos. Los compañeros estaban intrigados: no entendían cómo se las arreglaba el mensajero para comprar tantos pares de zapatos con el sueldo mínimo que devengaba. Fue el locutor Jaime Pérez Parodi quien resolvió el misterio: el muchacho solo tenía, en realidad, un par de zapatos, pero para aparentar que tenía muchos los pintaba diariamente de un color distinto. Tal vez por pudor quería disfrazar su pobreza, dice Pérez Parodi. O tal vez suponía que para sus planes de ser cantante resultaba inconveniente mostrarse como un hombre necesitado. Lo cierto es que en aquella época los zapatos de Diomedes se robaban las miradas de todo el mundo.

    —Pero eso sí —concluye Pérez Parodi—: puedes jurar que si el tipo hubiera estado en chancletas o descalzo, de todos modos hubiera llamado la atención.

    Marciano Martínez, protagonista de la película Los viajes del viento y compositor, dice que Diomedes es dueño de un carisma que no tiene ningún otro cantante de vallenato.

    —Si tú paras a Jorge Oñate o a Iván Villazón en esa esquina —explica— no va a faltar el que los reconozca y los salude. Pero tú sabes que el único que puede revolucionar el gallinero es el papá de los pollitos, y ese es Diomedes. Pon a Diomedes en esa esquina, y verás esta calle nublada de gente en menos de treinta segundos.

    El compositor y folclorista Félix Carrillo Hinojosa apela a una metáfora para explicar el fenómeno: Diomedes no se hace sentir en la selva con el rugido autoritario del león sino con el trino armonioso del sinsonte. En vez de intimidar, encanta, pero ese encanto deriva, de todos modos, en una forma de poder. Cuando Diomedes canta, deslumbra, conquista, desarma, se impone. Su canto le sirve lo mismo para granjearse favores que para predisponer a la gente a ser indulgente con sus errores. Quizá por eso —reflexiona Carrillo— Diomedes se acostumbró desde muy joven a la idea de que la Tierra gira al compás de su canto.

    —Yo ya perdí la cuenta de las veces que he dicho: a ese hombre no vuelvo a hablarle nunca más. Pero resulta que cuando me lo encuentro no solo le hablo, sino que hasta me dan ganas de darle un beso.

    Esa es la misma indulgencia que manifiesta hoy el público de Badillo. A las cinco mil personas que rodean la tarima les tiene sin cuidado que Diomedes sea prófugo de la justicia. Están hipnotizadas, sencillamente, por el trino del sinsonte. Claro que aquí, en esta selva, también se sienten los rugidos intimidantes de los leones: varios paramilitares armados hasta los dientes se pasean por los cuatro puntos cardinales de la plaza, advirtiéndoles a los espectadores que por nada del mundo deben grabar a Diomedes, ni tomarle fotos, ni decir siquiera que lo vieron cantando en el pueblo.

    Curioseo desde un automóvil los distintos sitios en los cuales se ocultaba Diomedes Díaz cuando andaba fugitivo. Me acompañan dos hombres cercanos a él: José Rafael Castilla Díaz, su sobrino, y Javier Ramírez, hermano de una de sus muchas ex amantes, una mujer con la que tiene dos hijos. En el centro de la carretera asfaltada veo una línea amarilla como un tajo y a los lados una vegetación estropeada por la sequía: zarzales, trupillos, ortigas, la flora típica de los parajes inhóspitos de esta región. El sol canicular nos anuncia la inminencia del desierto. Es enero de 2008. Esta es mi segunda travesía larga tras las huellas de Diomedes. El año pasado, por esta misma época, hice el primer viaje: entonces recorrí durante varios días, como lo he hecho ahora, un montón de lugares en los departamentos de Cesar y La Guajira.

    Hemos transitado ya por las tres fincas que le servían a Diomedes como burladeros. Dos son de su propiedad: Las Nubes y La Virgen del Carmen. La otra —llamada El Limón— es de su ex mánager y compadre Joaquín Guillén. Las tres son fácilmente visibles, ya que se encuentran al borde de la carretera. Si uno sale en carro desde Valledupar llega a cualquiera de ellas en menos de dos horas. Todo el mundo en la región sabía que cuando Diomedes estaba prófugo vivía rotando permanentemente entre estas tres fincas. Sin embargo, acceder a él resultaba complicado debido a que contaba con la protección del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Para visitarlo en sus guaridas durante aquel periodo había que pertenecer a su círculo íntimo de amigos y familiares. O ser un líder importante dispuesto a prometerle dinero o tráfico de influencias judiciales, a cambio de ser admitido en el Olimpo de sus parrandas. Me pregunto por qué las autoridades fueron incapaces de capturarlo en este territorio expedito, libre de montañas y boscajes.

    Pasamos ahora frente al río Badillo, el mismo que fue inmortalizado por el compositor Octavio Daza en una canción preciosa grabada por los hermanos Zuleta. Se me viene a la memoria la fundación de Macondo, el mítico pueblo de Cien años de soledad: también este río se precipita por un lecho de piedras blancas y pulidas, aunque no tan enormes como huevos prehistóricos. Súbitamente, la naturaleza, que hace un rato era desértica, ha adquirido un verdor magnífico. Veo un cultivo de arroz, una plantación de palma, un estanque rodeado de garzas y una campiña recién podada que parece un campo de golf. Justo cuando empiezo a pensar que los paisajes de la región predisponen el alma para la música, oigo la voz de José Rafael, el sobrino de Diomedes. Habla con la cadencia melódica de los guajiros. Uno podría ponerles de fondo a sus palabras una caja y una guacharaca, porque evidentemente su modulación cantarina es ya el preludio de un paseo vallenato. Al divisar estos horizontes de postal y percibir las melodías que afloran en las conversaciones cotidianas de la gente, entiendo por qué en La Guajira y el Cesar el talento musical brota silvestre como la verdolaga. Sería absurdo explorar la vida de Diomedes Díaz sin detenerse a observar los crepúsculos y los ríos que definieron el derrotero de su voz. Porque a fin de cuentas él no es génesis sino síntesis de una cultura fundamentada en la riqueza oral y en la contemplación romántica del Universo.

    A estas alturas del viaje me dan ganas de oír otra vez los clásicos en los cuales Diomedes celebra su entorno. Oír, por ejemplo, la canción de la montañita donde “hay un palo e’ cañaguate”, y luego la canción del cardón guajiro al que “no marchita el sol”, y después la canción del arbolito que sembró tu padre en el potrero y que “es el fiel testigo de lo mucho que sufría por ti”, y en seguida la canción de la tierra que “pa’ calmar su sed y cerrar sus grietas necesita lluvia”. Las oigo en la memoria, claro, y siento ganas de destapar una botella de whisky Sello Negro para brindar por los únicos tres asuntos que, según el poeta vallenato Luis Mizar, justifican una parranda: la salud de la familia, la felicidad de los amigos y cualquier otro motivo. A continuación, ya entrado en gastos, dejo que siga fluyendo la discografía de Diomedes. Me conmuevo al oír de nuevo Camino largo: bailando esa pieza, hace mucho tiempo, una muchacha de piel canela me juró un amor eterno que solo duró dos años. Ahora, traída a mi mente por la canción, la muchacha me renueva el juramento. Y al hacerlo se le forman en las mejillas los dos hoyuelitos que tanto me gustaban. Me pongo melancólico al escuchar Sueño triste, esa canción estupenda en la que el compositor Calixto Ochoa nos cuenta cómo fue que en una pesadilla vio su propio cadáver. Me digo que hay que oír después algo alegre. ¿Qué tal la versión en parranda de El cordobés, el merengue magistral de Adolfo Pacheco? Entonces me resuena en la conciencia el acordeón de Juancho Rois: qué merengue tan sabroso, carajo. Noto que mi pie derecho empieza a moverse por su cuenta, como si tuviera voluntad propia. Y descubro que estoy a punto de gritar a los cuatro vientos una frase típica de los parranderos de la región:

    —¡Ay, Dios mío, con este disco cualquiera se bebe una plata ajena!

    La historia de Diomedes era la historia de todos estos asuntos placenteros de la cultura popular: paisaje, magia, poesía, bohemia, sentimiento. Pero él la convirtió en un caso de página judicial salpicado de temas terribles: drogas, homicidio, paramilitares. Justo cuando habíamos caído rendidos ante la versión feliz del Quijote que sí pudo derrotar a los molinos de viento, el protagonista se nos volvió un antihéroe de vergüenza. Teníamos entre manos una leyenda romántica que nos servía, por lo menos, para ponerle una banda sonora bonita a nuestros conflictos de cada día. Eso nos hacía suponer que para consolarnos bastaba con abandonar de vez en cuando el territorio del drama para refugiarnos en el del canto. Pero aquello era un simple espejismo: hoy sabemos que no existe ninguna diferencia entre el país que anda de rumba y el país que se derrumba. El rapsoda que nos permite repetir en nuestra memoria ciertos amores ya extinguidos, el que perpetúa con su voz los soles que nos calientan y las lluvias que nos refrescan, el que universaliza nuestras costumbres, se transmutó en un bárbaro más. Siente uno ganas de entonar un “ay hombe” tristísimo por el curso que tomó esta historia.

    Lo que dice José Rafael Castilla con su voz melódica es que, al parecer, después de llevar tanto tiempo amenizando parrandas privadas en la clandestinidad, Diomedes sintió que necesitaba cantar frente a un auditorio nutrido. Por eso se presentó en la tarima de Badillo. Es un hecho cierto —añade Javier Ramírez— que tomó la descabellada decisión bajo los efectos del licor, posiblemente contra la voluntad de los allegados que estaban con él en aquel momento. Los dos hombres me han revelado durante el viaje los detalles suficientes para recrear la escena de Diomedes en la plaza de este pueblo al que acabamos de arribar. El sitio en el que hace siete años Diomedes cantó su aclamada canción Amarte más no pude está invadido ahora por una gavilla de cerdos escuálidos que husmean un promontorio de estiércol. La música, la bendita música, suele exaltar realidades que, vistas a fondo, son pedestres. Supongo que eso era, sobre todo, lo que el público le aplaudía a Diomedes aquella noche de junio de 2001: su capacidad de magnificar, a través de esa voz bellísima, ciertas cosas de la puñetera vida que a la hora de la verdad son feas. En este sentido, cantar es corregir y, por tanto, curar. En la cotidianidad es triste, por ejemplo, ver cómo los indígenas de La Guajira, pese a habitar en un territorio rico en recursos naturales, viven en una situación penosa. Pero justo cuando uno se detiene a observar esa realidad, Diomedes se pone a cantar:

    Compadre, yo soy el indio

    que tiene todo y no tiene nada

    trabajo para mis hijos

    vendo carbón y pesco en la playa

    yo soy el indio guajiro

    de mi ingrata patria colombiana

    que tienen todo del indio

    y sin embargo no le dan nada.

    Así, el problema se vuelve un asunto bailable. Muchas de las personas que siete años atrás estaban congregadas en esta plaza, seguramente eran conscientes de que Diomedes les había ayudado a convertir en canto lo que antes era desencanto. Y muchas de esas personas llevaban entonces un cuarto de siglo oyéndolo cantar. La música de Diomedes les había allanado el camino para seducir, enamorarse, copular, multiplicarse, amenizar sus bautizos, solazarse en sus cumpleaños, celebrar sus navidades, alimentar sus nostalgias. Luego estaban sus hazañas comerciales: en un país infestado de piratería, él había vendido veinte millones de copias y cosechado veinticinco discos de platino y veintitrés de oro. Mientras la recua de cerdos flacos corre espantada hacia uno de los rincones de la plaza, recuerdo lo que me dijo Guillermo Mazorra, productor de la Sony Music, cuando lo entrevisté en Bogotá: Diomedes Díaz es el único artista vallenato que podría pasar diez horas seguidas cantando solo éxitos, “sin repetir ni una canción”. Y también recuerdo la hipérbole maravillosa que utilizó el productor musical Óscar Fabián Calderón para referirse a este tema:

    —Cuando ese hombre estaba en su época de oro, primo, los discos que sacaba al mercado le sonaban hasta en las licuadoras.

    Los cerdos se pierden de vista en uno de los callejones. Y yo lamento una vez más —ay, hombeeee— que la fábula del espantapájaros más gracioso de nuestra historia se haya convertido en una novela de horror.



    Segunda Parte:

    2. Un cantor descalzo en la ventana marroncita

    Patricia Acosta contaba trece años cuando conoció a aquel muchacho descalzo que cargaba en la cabeza una palangana repleta de guineos maduros. Lo primero que pensó fue que se trataba con toda seguridad del muchacho más feo del mundo: esquelético, mal trajeado, percudido. Tenía un ojo chueco que a veces parecía abierto y a veces cerrado, y una greña horrible adherida a la frente sudorosa. Resultaba imposible, además, estar frente a él sin examinar su nariz ancha de orificios demasiado abiertos. Cuando el chico notó que ella lo estaba mirando, sonrió. Entonces fue el acabose: además de todas las calamidades anteriores, le faltaba un diente.

    Patricia siguió mirándolo hasta cuando dobló por la esquina. Tan pronto como lo perdió de vista corrió a averiguar quién era.

    —Ese es Diomedes Díaz —le dijo su mejor amiga.

    —Yo nunca lo había visto en La Junta.

    —Lo que pasa es que él es de Carrizal. Esa misma tarde Patricia siguió indagando por la vida del pequeño vendedor callejero. Así supo que era hijo de Elvira Maestre, una artesana que elaboraba mochilas de fique. Su padre, Rafael Díaz, era uno de los ordeñadores de la hacienda El Higuerón. A Patricia le llamó la atención el hecho de que todas las personas que le entregaban información se refirieran, invariablemente, a la pobreza de la familia.

    —Son tan pobres —le dijo una tía suya— que a veces demoran hasta dos días seguidos sin cocinar y el fogón frío se les inunda de lagartijas.

    Los informantes de Patricia coincidían en que el tal Diomedes trabajaba como adulto: madrugaba para auxiliar a su padre en los deberes del monte, ayudaba a su madre a tejer las mochilas, le colaboraba a un tío que sacrificaba chivos, y además vendía guineos y arepitas de queso. Lo que nadie contaba era por qué el muchacho tenía el ojo contrahecho, justamente el misterio que más la intranquilizaba. Para despejar la incógnita decidió consultar a su primo Luis Alfredo Sierra, afamado en La Junta por su condición de chismoso. Luis Alfredo le dio un reporte completísimo. Dos años atrás, cuando Diomedes vivía en Villanueva, se fue una tarde con su hermano Rafael y con un amigo a coger mangos en una huerta del pueblo. El único de los tres niños que se animó a subir a la copa del árbol fue Diomedes. Rafael consiguió una caña larga con horqueta para jalar los racimos. El amigo dijo que prefería tumbar los mangos con su honda. De pronto, Diomedes empezó a gritar que acababa de descubrir el gajo más bonito de todos. Ahí mismo dio un salto con el fin de alcanzarlo. Fue entonces cuando una de las piedras lanzadas desde abajo por su amigo se estrelló contra su ojo derecho. Diomedes cayó de bruces con el rostro bañado en sangre. Y si sobrevivió para echar el cuento fue gracias a que el piso se encontraba tapizado de hojas secas.

    En los siguientes encuentros casuales Patricia tuvo la impresión de que el muchacho se iba volviendo cada vez más feo. Pero mientras más espantoso lo veía, más curiosidad sentía por él. Buscaba información en un lado, buscaba información en el otro. Una tarde su mejor amiga la encaró: ¿no sería que “el pelaíto horrible” la tenía flechada? Si acaso fuera así, más le valdría que se olvidara inmediatamente del asunto: ese muchachito, además de parecerse a un oso hormiguero, vivía apretujado con un montón de hermanos en una casucha de las afueras de La Junta. Ella, en cambio, era una niña del centro, una niña del barrio La Ribería, una niña de familia acomodada. La tía que le había contado la historia del fogón invadido de lagartijas también intentó desilusionarla: el papá del muchacho —le dijo— era hijo de un forastero de apellido Cataño que se negó a reconocerlo. Así que, para colmo de desdichas, el tal Diomedes descendía de un hombre bastardo. Su apellido no debería ser Díaz sino Cataño.

    Por aquella época las familias pudientes de La Junta enviaban a sus hijos adolescentes a cursar el bachillerato como internos en colegios de las grandes capitales del país. A Patricia la mandaron para Bucaramanga. Durante los primeros días pensó en el muchacho. Hasta deseó tener dinero de sobra para costearle el montaje del diente que le faltaba. O para comprarle, siquiera, un buen par de zapatos. Después se zambulló en su rutina de estudios y se olvidó de él. Volvió a La Junta en las vacaciones de diciembre. Tan pronto como descargó las maletas salió apresurada en busca de sus amigos. El parque principal se encontraba atestado de estudiantes que vivían por fuera, como ella, y estaban de regreso en el pueblo pasando las navidades. En una de las esquinas había un conjunto vallenato. Patricia se abrió paso entre la turba porque necesitaba curiosear. Lo que vio la dejó perpleja: el cantante del conjunto era el muchacho feo. Jamás se hubiera imaginado algo así, por Dios. ¿A qué horas el chico apocado que ella conocía, el de los pies desnudos y la palangana de guineos en la cabeza, se había transformado en este cantante que transpiraba autosuficiencia y tenía a la multitud deslumbrada? Cantaba a viva voz, sin micrófono, utilizando unos gestos ampulosos ajenos al folclor vallenato. Los juglares de aquellas tierras eran campesinos de manos callosas que entonaban sus canciones mientras ejecutaban el acordeón, y nunca acudían a mímicas estrafalarias en sus presentaciones públicas. Podían emborracharse como una cuba pero siempre se mantenían bien puestos en sus sitios: austeros, estrictos, como si la música fuera uno más de sus quehaceres en el monte. El tal Diomedes, en cambio, se excedía en ademanes teatrales: entrecerraba los ojos, ladeaba la cabeza, caminaba de un extremo al otro. Además, se ponía las manos en el pecho con las palmas para arriba y los dedos apuntando hacia el público. Todos esos movimientos estrambóticos le conferían un aire de superioridad que no se compadecía con la imagen de fracasado que Patricia tenía de él. El chico había mejorado, sin duda. Todavía le faltaba el diente, claro, pero ya por lo menos no andaba descalzo: llevaba unas chanclas hechas con neumáticos viejos.



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    Re: La Eterna Parranda, la gran crónica de Diomedes Díaz

    Mensaje  Admin el Vie Jul 02, 2010 12:31 am

    Cuando el tal Diomedes descubrió a Patricia entre el público la convirtió en el motivo único de su canto. Le dijo en versos que ella era la flor más linda de La Guajira, que su cabello era tan hermoso como la mata de calaguala y que quería regalarle una serenata. Mientras cantaba, caminaba frente a ella como el pavo real que arrastra el ala alrededor de su hembra. De manera inesperada, Patricia pasó a ser el epicentro de la reunión. Se sintió incómoda, abochornada. Como le resultaba imposible soportar tantos ojos fisgones, decidió marcharse. En el camino tuvo sentimientos encontrados: odió al muchacho feo porque la hizo avergonzar ante el gentío, odió a la multitud porque la intimidó con su mirada indiscreta, se odió a sí misma porque fue incapaz de controlar sus prejuicios. Pero también advirtió que se encontraba contenta. El muchacho que tanto interés le había despertado podría ser el más pobre del planeta, pero no era ningún mequetrefe, definitivamente. Al contrario, era una criatura tocada por un don especial. Cantaba bastante bien, se desenvolvía con gracia, llamaba la atención. Y además acababa de clavarle una flecha mortal en todo el centro de su vanidad de mujer al señalarla en público como su musa. Antes de dormirse aquella noche pensó en un detalle que se le antojó paradójico: el muchacho que le acarició el alma con sus piropos cantados nunca le había dirigido la palabra. No le había dicho siquiera un “buenos días”.

    Al otro día Patricia se sentó en una mecedora a tomar la fresca de la tarde. Casi en seguida apareció el muchacho. La misma palangana de siempre en la cabeza, la misma camisa ancha que le bailaba en el cuerpo. Lo único nuevo era una grabadora grande que llevaba en el hombro. Justo cuando le pasó por el frente se escuchó una canción que ella desconocía, hecha por un enamorado que le ofrecía una serenata a su amada. Al día siguiente se repitió la escena: Patricia se sentó en la terraza y el muchacho desfiló frente a ella con la grabadora en el hombro. Sonó la canción del galán que prometía la serenata. El muchacho pasó una tarde, dos tardes, tres tardes más, siguió pasando las tardes siguientes, y así la cita vespertina se volvió un pacto sagrado. De tanto oír la canción, Patricia se aprendió de memoria los dos primeros párrafos. Se trataba del paseo Amor de quinceañera, interpretado por Jorge Oñate:

    Hago este paseo para una niña muy querida

    Y que de veras esa mujer se lo merece

    Y le pido que siempre tenga presente

    Que adonde vaya por mí será perseguida.

    Y le pongo serenata

    Cada vez que se me antoje

    En la ventana e’ su casa

    Pa que se sienta conforme.

    Un mediodía Patricia fue abordada en la calle por un niño que se parecía muchísimo al muchacho feo. Caramba, caramba, ¿sería que empezaba a desvariar y a ver por todas partes al chico que le quitaba el sueño? La duda le duró pocos segundos, pues el niño habló de una vez. Dijo que su nombre era Juan Manuel Díaz pero que todo el mundo le llamaba ‘el Cancu’. Estaba allí porque Diomedes, su hermano mayor, le había mandado a ella un papelito. A continuación le entregó el recado y le pidió que lo leyera en seguida, ya que su hermano necesitaba una respuesta inmediata. Lo que el remitente proponía —sin rodeos, sin arandelas— era una cita a las cinco de la tarde en las afueras del pueblo. Patricia contestó que sí en el acto, no porque estuviera decidida sino porque le apenaba hacer esperar al mensajero. El caso es que cuando comenzó a acicalarse para asistir al encuentro se sintió vencida por el miedo.

    El paso que iba a dar era supremamente temerario. Su padre, Pedro Ángel Acosta, más conocido en la comarca con el sobrenombre de ‘el Negro’, era un machote robusto capaz de intimidar al más valiente con una simple mirada. Guajiro de pura cepa, de los de antes: machista, dominante, libertino con las hijas ajenas y puritano con las propias. Había educado a sus nueve hijos bajo los mismos principios severos con los cuales lo formaron a él. A los tres varones les enseñó a trabajar desde pequeños y a las seis mujeres les advirtió que por ninguna razón consentiría que anduvieran sueltas de madrina viviendo sus amoríos a escondidas en el primer recoveco que se les antojara. Les decía, mirándolas a todas a los ojos, que esas no son cosas de una mujer seria. Lo característico de la mujer seria es recibir en su casa al pretendiente. Mantenerse siempre bien puesta en su lugar para darle a entender al enamorado que no es ninguna aventurera de montes ni de callejones. De modo que cuando una hija suya se enamorara no tendría más alternativa que traer el novio a la casa. Pero eso sí: el tipo que pusiera un pie en la terraza tendría que fijar la fecha del matrimonio antes de terminar la primera visita.

    Patricia tenía, pues, razones de sobra para estar asustada y a punto de cancelar la cita. A esas alturas juzgó pertinente oír la voz de una mujer de experiencia. La única que le inspiraba confianza era la empleada doméstica de su familia, una matrona que fumaba cigarrillos sin filtro con el cabo encendido dentro de la boca. Solo ella, de entre todas las mujeres mayores que consideró, sería capaz de guardarle el secreto. Además, se trataba de una señora que a sus sesenta años ya estaba por encima del bien y del mal. Seguramente sabría aconsejarla sobre la forma en que deben manejarse las calenturas del amor. La empleada la escuchó con atención, el rostro oculto en la humareda de su cigarro. Al final soltó el dictamen:

    —Ay, mijita, cuando la vaca quiere verse con el toro, se ve con el toro. Y si no le dan permiso para salir por la puerta, rompe la cerca y se sale por el roto.

    Era la clave que buscaba: si ella traía a Diomedes a la casa para presentarlo como su novio, desde luego que se lo rechazarían. De modo que le tocaba violar el código de honor de su padre para encontrarse con el muchacho en otro lado. Estaba claro que le negarían el permiso para salir por la puerta a verse con él. En consecuencia, su única opción era romper la cerca y escaparse por el roto. Así lo hizo esa tarde y las tardes siguientes. A los pocos días el noviazgo se volvió un tema de dominio público. Cuando ‘el Negro’ Acosta se enteró, montó en cólera: la insultó, la encerró en su cuarto y le prohibió salir. A partir de ese momento Patricia empezó a comunicarse con Diomedes a través de papelitos. Los mensajeros eran ‘el Cancu’, de parte de él, y la empleada doméstica, de parte de ella. Un día los novios cayeron en la cuenta de que en la habitación de Patricia había una ventana marrón que daba a la calle. Fue como si, de repente, los dos condenados hubieran descubierto que tenían en los bolsillos las llaves de la cárcel. Entonces Diomedes llegaba todas las madrugadas al pie de la ventana y ella se asomaba para atender sus visitas. Así conversaban, así se arrullaban y así se permitían hasta el lujo de besarse. Los amigos comunes de ambos murmuraban que a Diomedes se lo veía todas las mañanas con los barrotes de la ventana pintados en la frente.

    Pasaba el tiempo. Patricia viajaba cada comienzo de año a Bucaramanga. Diomedes trabajaba en Valledupar como mensajero de Radio Guatapurí. Durante aquellos periodos de distanciamiento los dos enamorados se comunicaban a través de cartas. Cuando regresaban a La Junta en las vacaciones decembrinas, se encontraban a medianoche en la ventana de Patricia.

    A lo largo de esos años de lejanía forzosa Diomedes mantuvo otros amoríos. Muchísimos. En 1976, cuando apenas contaba diecinueve años, ya era padre de dos hijas: Rosa Elvira y Malena Rocío. La primera fue producto de su relación con Bertha Mejía y la segunda, de su romance con Martina Sarmiento. Por aquellos días debutó en el mercado del disco. Meses atrás, en ese mismo año de 1976, Diomedes había participado en el concurso de canción inédita del Festival Vallenato, en el cual ocupó el tercer puesto con su paseo El hijo agradecido. En la sede del evento —la Plaza Alfonso López de Valledupar— conoció al rey vallenato de ese año en la categoría de acordeonero profesional, Náfer Durán. Varios personajes del folclor, entre ellos el compositor Félix Carrillo Hinojosa, estimaron que la unión de Diomedes con Náfer era “un suceso natural”. El primero era un cantante anónimo en busca de oportunidades y el segundo un juglar notable, ya veterano, que durante los últimos años había dejado al margen la música para dedicarse por entero a la agricultura. A ambos les servía muchísimo juntarse y grabar: a Diomedes para darse a conocer y a Náfer para retornar después de una prolongada ausencia. El hecho de que los dos se hubieran destacado en aquel festival era un buen argumento comercial para producirles el disco. Así se lo expresó Carrillo a Rafael Mejía, delegado de la casa Codiscos. Antes de responder a la propuesta Mejía solicitó un casete que contuviera la voz de Diomedes Díaz. En cuanto lo oyó soltó el veredicto más descarnado:

    —Canta mejor un pollo al horno.

    Se necesitó el padrinazgo de muchas personas respetadas del vallenato, como el compositor Alonso Fernández Oñate, para que Mejía le brindara la oportunidad a Diomedes. El disco, en todo caso, fue un fracaso en ventas. Una de las canciones de ese primer álbum había sido compuesta por el propio Diomedes Díaz: El chanchullito. El título era una referencia velada a las artimañas que debían utilizar Patricia y él para vivir su idilio a pesar de la vigilancia exasperante de la familia de ella. En aquel momento la historia de los encuentros clandestinos en la ventana se conocía en todo el pueblo. Se decía que ‘el Negro’ Acosta andaba a la expectativa para caerles por sorpresa a los dos tortolitos. La tercera estrofa de la canción se hacía eco de tales rumores:

    Déjate de pendejá

    debes de poné cuidao

    que nos tienen vigilaos

    aunque sea por no dejá

    nos van a cogé pillaos

    y a ti te pueden fregá.

    En la cuarta estrofa Diomedes mataba dos pájaros de un solo tiro. Por un lado insistía en el recelo de la familia Acosta. Y por el otro intentaba tranquilizar a Patricia, quien dudaba de él debido a sus continuas infidelidades:

    En tu casa están pendientes

    le temen hasta a tu espejo

    como los dos nos queremos

    nos unimos prontamente

    y si no nos mata una peste

    nos vamo’a morí de viejos.

    Una noche Diomedes estimó que había llegado el momento de dar la cara como hombre ante la familia de Patricia. Que se enojara el que se enojara, que se desmayara quien quisiera desmayarse. Él necesitaba dejar claro que así escondieran a Patricia en el último rincón del mundo iba a luchar por ser su dueño. Se había pasado todo el día de juerga. Estaba envalentonado, acaso, por los efectos del licor. O acaso porque tenía conciencia de que empezaba a ser un cantante apreciado en la región y consideraba que esa circunstancia le permitía levantar el pecho ante cualquiera, ya que, al fin y al cabo, él no era menos que nadie. Así que en la madrugada llegó a la misma ventana de siempre, acompañado por sus compinches de parranda. La tropa cargaba una grabadora en la cual se hallaba cuadrada la canción que a Patricia más le gustaba: Rosa jardinera, interpretada por Jorge Oñate.

    Hay grandes penas que hacen llorar a los hombres

    a mí en la vida me ha tocado de pasarlas

    fue cuando entonces se enlutaron mis canciones

    hasta llegá a pensar que ya mi fuente se secaba

    pero volvió el compositor que no cantaba

    regando con sus canciones florecitas

    hoy ya de nuevo se escucha en la madrugada

    ese bullicio de un parrandero que grita.

    Antes de que terminara la canción se encendieron las luces de la casa. Entonces salió Hernán, hermano de Patricia. Portaba un revólver y venía echando pestes a diestra y siniestra. Primero dirigió una mirada retadora a los responsables de la serenata, después hizo un disparo al aire. El enamorado y sus secuaces huyeron en estampida. Los vecinos se asomaron despavoridos por sus ventanas. Hubo estruendo, regaños, llanto. Al final volvió a reinar el silencio de la madrugada, interrumpido de vez en cuando por el ladrido de los perros y el lamento de las cigarras.

    A la mañana siguiente ‘el Negro’ Acosta le cantó a Patricia la tabla de las nuevas prohibiciones: en adelante no podría abrir la ventana de su cuarto a ninguna hora, ni recibir la visita de sus amigas y ni siquiera ir a misa. Al tal Diomedes solo quería enviarle una advertencia: ojalá se atreviera a venir otra vez a su casa para enseñarle cuál es la fruta que purga al mono. En aquel momento los dos enamorados, como fieras en celo, decidieron jugarse sus restos: Diomedes consiguió un par de radioteléfonos de corto alcance, de esos conocidos con el nombre de walkie-talkies, unos aparatos que en aquella época eran muy codiciados por los niños como juguetes navideños. Se quedó con uno y le mandó el otro a Patricia. Así que todas las noches —ella atrincherada en su habitación y él parapetado en una esquina oscura cercana a la casa— la pareja se daba gusto conversando a sus anchas.

    Diomedes volvió a grabar en 1977, acompañado por el acordeonero Elberto López, más conocido con el apodo de ‘el Debe’. Ese segundo disco contenía un paseo compuesto por el cantante: Tres canciones.

    Hágame el favor, compadre Debe

    y en esa ventana marroncita

    toque tres canciones bien bonitas

    que a mí no me importa si se ofenden.

    En ese momento la carrera musical de Diomedes se disparó. Patricia, como musa de la canción que jalonó las ventas del disco, era protagonista del feliz suceso. Resultaba apenas justo compartir con ella la bonanza que, al parecer, se avecinaba. Diomedes “se robó a la muchacha” —así se decía en La Junta por aquella época— y se puso a vivir con ella en unión libre. Se casaron en 1978, cuando él contaba veintiún años y ella veintidós.

    El día del matrimonio los dos enamorados se enteraron de un hecho que les causó mucha gracia: el éxito de Tres canciones había convertido la casa de la familia Acosta en un lugar de peregrinación. Los visitantes —turistas, periodistas, simples melómanos— se arrimaban a conocer “la ventana marroncita”. Entonces Hernán, el hermano de Patricia, agarró otra rabieta y pintó de verde la ventana. Pero su gesto no impidió que la canción siguiera sonando, ni detuvo la romería de mirones, ni les amargó la luna de miel a los recién casados.

    Un año después nació Rafael Santos, el mayor de los cuatro hijos de la pareja. La llegada del nieto enterneció al ‘Negro’ Acosta. Aparte de declarar que estaba dispuesto a perdonarlos, fue en persona a buscarlos. De ese modo Patricia y Diomedes pudieron volver a la casa prohibida. Y durante tres días con sus noches recibieron las atenciones de toda la familia.

    —¿Quieres que te diga una cosa? —me pregunta Patricia Acosta después de darle una nueva chupada a su segundo cigarro de la noche.

    Estamos en su casa, ubicada en el barrio La Florida, de Valledupar. Es 24 de enero de 2007. Patricia expulsa el humo, calla unos segundos.

    —Si hay una persona en el mundo que ha influido para bien en la vida de Diomedes Díaz, esa soy yo —agrega, jactanciosa, mientras se señala el pecho con la punta del dedo índice.

    A continuación exhibe el inventario de sus contribuciones. Es que ella no solo le inspiró las canciones que lo lanzaron al estrellato, ¿oíste? También lo llenó de confianza al hacerle sentir que percibía en él algo especial, precisamente en el momento en que las demás personas lo veían apenas como un vendedor callejero que no tenía ni dónde caerse muerto. Ella fue su punto de apoyo en los malos tiempos.

    Le dio ánimo durante la época difícil de su primera grabación, cuando él viajaba de pueblo en pueblo con su compadre Joaquín Guillén, llevando en un carro prestado las cajas de discos que nadie le compraba. Lo respaldó al principio, cuando aún era desconocido y se decepcionaba porque algunos colegas ya consagrados lo despreciaban, tal y como ocurrió, por ejemplo, el día que quiso mostrarle una de sus canciones al cantante Armando Moscote y este se negó a recibirlo. Entonces ella lo alentó con una fórmula muy sencilla: le sobó la cabeza con la mano y le dijo: “Tranquilo, mi amor, que yo he visto arrastrarse por el suelo cocos más altos que ese, y tú vas a treparte en la cima sin necesidad de él”. Después repitió el truco cuando lo encontró triste debido a que Jorge Oñate, un intérprete estupendo pero envidioso y deslenguado, andaba hablando mal de él. “Caramba, qué ironía más grande”, le dijo, mientras le pasaba la mano redentora por el cabello, “él odiándote y tú enamorándome con sus discos. Si se ocupa tanto de ti debe ser porque está apurado con el peso tuyo encima”.

    Ella lo consoló, además, cuando ocurrió el accidente de tránsito que le segó la vida a su tío Martín Maestre, un compositor formidable que le enseñó las primeras nociones de rima y métrica. Como Diomedes iba manejando la camioneta en el momento del percance, se sentía culpable, no quería ni comer ni cantar. La moral se le quebró contra el piso y ella tuvo que recoger cada trocito para restaurársela. “Mira que para allá vamos todos, tu tío apenas se nos adelantó”, y le acariciaba el pelo, “mira que tú has podido matarte también”, y le acariciaba el pelo, “mira que tu tío se sentía orgulloso de ti porque llegaste adonde él quería que llegaras”, y le acariciaba el pelo otra vez.

    —¡Cómo le gustaba que lo pechicharan, Virgen del Carmen bendita! Parecía un niño chiquito.

    Patricia respira profundo, aplasta la colilla de su cigarro contra el cenicero. Hace un rato, después de contarme la historia de las citas furtivas en la ventana marroncita, me entregó un viejo álbum de fotografías. Por eso puedo apreciarla ahora tal y como era en los tiempos en que Diomedes la cortejaba: piel de aceituna, caderas generosas, cabello frondoso. Busco las semejanzas entre la jovencita radiante de las fotos y la morena otoñal que está sentada a mi lado ayudándome a pasar las páginas del álbum. La más evidente de todas es la expresividad de los ojos. Son ojos que de pronto se ríen solos, con gracia, a menudo con burla, y al instante siguiente se tornan severos, como dispuestos a fulminar lo que se encuentre a su alcance. En este momento lucen tan risueños como en la fotografía que acabo de mirar, tomada en el patio del colegio cuarenta años atrás. Se iluminan aún más cuando, a continuación, le pregunto si la muchacha bonita que nos ha acompañado durante toda la tarde es pariente suya.

    —Es sobrina mía. ¿No estás viendo que heredó esa belleza de la tía?

    Y de inmediato suelta la carcajada.

    —Esa es hija de Hernán, el que espantó a Diomedes con los disparos.

    Tras una breve pausa adopta la expresión grave de hace unos minutos para hablar otra vez de la protección que le brindó a Diomedes durante el tiempo en que permanecieron unidos. Hay que analizar —advierte, enfática— quién era ella antes del matrimonio: una niña de su casa a la que nada le faltaba. Si renunció a las comodidades de su hogar para aferrarse a la pretina de un hombre pobre fue porque estaba enamorada. A ver cuántas de las mujeres que ha tenido Diomedes desde cuando se volvió famoso podrían asegurar lo mismo. Muchas de esas mujeres solo andan en busca de un beneficio material, ¿oíste? Jamás se sacrificarían por amor como lo hizo ella. Aparecen en el tiempo de la cosecha, no en el de la siembra. Además —y dicho sea sin el ánimo de ofender a nadie en particular—, ¿qué se puede esperar de esas mujeres que asisten a los conciertos vallenatos dispuestas a asediar al cantante de turno con el fin de llevárselo a la cama al final del baile? Ella, en cambio, mantiene la frente en alto porque todo el que la conoce sabe dónde la encontró Diomedes. Y definitivamente no fue en una fiesta pública, porque ella nunca ha sido una “bandida de caseta” sino una mujer criada en el seno de una familia con principios.

    “Bandidas de caseta”: las he oído mencionar muchas veces a lo largo de mis entrevistas con los personajes. El primero que las nombró fue Joaquín Guillén, en un momento en el cual quería descalificar a una mujer que dañó su relación de trabajo con Diomedes. “Esa no es más que una vulgar bandida de caseta”, dijo, con el rostro endurecido por el rencor. En seguida agregó: “a esas mujeres nosotros también las llamamos caseteras”.

    Caseta es el nombre que se le da en la Costa Caribe de Colombia al lugar en el que se lleva a cabo el baile. Por lo general es un corralón rectangular construido al aire libre con caña brava y techo de zinc. En principio el vallenato era un folclor eminentemente rural: las historias que narraba —El cantor de Fonseca, La custodia de Badillo, La ceiba de Villanueva— estaban ambientadas en los pueblos; sus trovadores más importantes eran nativos de los pueblos: Luis Enrique Martínez, Alejandro Durán, Juancho Polo Valencia. Y la gente a la cual le gustaba era la gente de los pueblos. Se trataba de una música silvestre: coplas de labranza improvisadas por los jornaleros mientras cumplían su faena. Por tal razón, durante mucho tiempo persistió la costumbre de interpretar las canciones en forma natural, sin ningún tipo de ayuda tecnológica. Nada de amplificaciones eléctricas ni de micrófonos. Aquellos juglares primitivos, segregados por las clases pudientes de la región, solo podían expresarse a sus anchas en los espacios marginales. En el traspatio, por ejemplo. O en los montes apartados. De modo que cantando a capela lograban hacerse oír sin problemas en su reducido círculo de devotos.

    Cuando empezó el auge de los conjuntos modernos, a mediados de los años setenta, decayó la figura del juglar-centauro, es decir, aquel rapsoda que era mitad cantor y mitad intérprete del acordeón. El cantante se independizó del acordeonero. Y surgieron entonces los grandes vocalistas: Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz. Entonces el vallenato adquirió estatus: pasó de los arrabales a los sectores distinguidos, de los guetos a la gran masa. La transformación planteó dos nuevas exigencias: aumentar la cobertura del sonido y conseguir zonas amplias donde pudieran congregarse los seguidores. Pero en aquella región de costumbres feudales, rezagada aún, no había escenarios apropiados para realizar espectáculos públicos. Así que la solución práctica fueron las casetas. Fáciles de armar y de desarmar, parecían ajustadas al comportamiento depredador que caracteriza a las muchedumbres enfiestadas. Y como si fuera poco, eran baratas. Si la caseta terminaba destrozada por vándalos o pulverizada por un ventarrón, el dueño no quedaba en la ruina, pues tan solo perdía una barraca de lata y madera.

    Existe la “fiebre de la fiesta” así como en el pasado existió la del oro. Su hábitat natural es la caseta, territorio de exploración que atrae su propia legión de buscadores: fritangueras, expendedores de licor, minoristas de cigarros, traficantes de discos piratas, ruleteros de feria, saltimbanquis, vagabundos empedernidos, vendedores de bisuterías, representantes de artistas, acordeoneros en ciernes, pichones de cantante, diletantes de la música, parranderos consuetudinarios, parejas de enamorados, millonarios recientes, donjuanes a la caza. Todos ellos persiguen su propio dividendo, grande o pequeño, en medio de este maremágnum. En algunos casos se trata de dinero; en otros, de diversión. En la “fiebre de la fiesta” cada quien obtiene el botín que puede. Lo saben de sobra “las caseteras”, esas mujeres que deambulan de caseta en caseta dispuestas a vivir una aventura con el cantante de turno o, por lo menos, con uno de los músicos de su conjunto. Según Jesualdo Ustáriz, quien durante muchos años se desempeñó como guacharaquero de Diomedes Díaz, “las bandidas de caseta se conocen a leguas”.

    —Andan a toda hora sin hombres al lado. Cada una de ellas llega sola o con dos chicas más que están en el mismo plan. Uno las identifica en seguida porque no se quedan en la pista de baile, donde están las mujeres que tienen sus compañeros, sino que se recuestan a la tarima y empiezan a insinuarse.

    Son ellas —agrega Ustáriz, más conocido con el remoquete de ‘el Zurdo’— las que por lo general se desnudan y le lanzan las prendas íntimas al cantante en señal de provocación. Este dato es confirmado por Joaquín Guillén.

    —No te imaginas la cantidad de panties y brasieres que yo recogía de la tarima cuando trabajaba con Diomedes. ¡Jesucristo, muchacho! Una noche le dije: “Compadre, con ese pocotón de brasieres y panties que a usted le tiran en las casetas podríamos montar un almacén de ropa interior más grande que Leonisa”.

    “Las caseteras” son la versión vallenata de las famosas “groupies”, esas mujeres atrevidas que se la pasan asediando a las estrellas del rock. No son melómanas apacibles a las que simplemente les interese disfrutar su música favorita sino admiradoras exaltadas prestas a correr riesgos. La recompensa a la que aspiran no es un autógrafo, ni un disco compacto de cortesía, ni una camiseta promocional del conjunto, sino una noche de cama con el cantante.

    El abogado Manuel Páez, ex mánager de Diomedes Díaz, entrega más detalles sobre el modus operandi de “las caseteras”. Cuando ya todas están apostadas frente a la tarima comienza un juego de miradas, de señales. Cada gesto es una promesa, cada movimiento del cuerpo es una invitación. Las más insolentes se desvisten, en parte para reafirmar sus intenciones y en parte para certificar que poseen los encantos suficientes como para ganarse el premio mayor. Las menos audaces siguen desplegando su repertorio de guiños sutiles. El cantante, allá arriba de la tarima, se mantiene alerta. Escruta el panorama, sopesa cada oferta. En cuanto decide cuál es la mujer con la que quiere amanecer se lo comunica a alguno de sus asistentes operativos. El empleado de marras debe acercarse disimuladamente a la elegida para informarle en qué hotel se aloja su jefe.

    Cuando le pregunté a Manuel Páez qué pasa, entonces, con “las caseteras” que no se ganan la subasta, me respondió sin ruborizarse:

    —Bueno, tú sabes que el artista es uno solo y no da abasto para complacerlas a todas. Las otras entienden eso y entonces se van con el guacharaquero, o con el cajero… con cualquiera de los otros músicos del conjunto.

    Sentado en un taburete de cuero, bajo un árbol de mango en su casa de Valledupar, ‘el Zurdo’ Ustáriz me dijo que entre los conjuntos vallenatos importantes no se consigue un solo músico que se haya mantenido al margen de “las caseteras”. Como nadie está libre de pecado —agregó, sonriente— nadie podría lanzar la primera piedra. Luego le dio una chupada a su cigarrillo. Expulsó una densa bocanada de humo y dirigió la mirada hacia el fondo del patio, donde un gallo jabado picoteaba las hojas secas desperdigadas por el suelo. Si de repente apareciera un asesino —dijo entonces— decidido a ajusticiar a los músicos que se hubieran acostado con “las caseteras”, seguramente habría una mortandad.

    —Nos barrerían a todos, compadre, a todos, y los conjuntos se quedarían vacíos.

    A renglón seguido ‘el Zurdo’ señaló que determinar cuántas amantes ocasionales pasan por el catre de un cantante de fama es una cuestión difícil. Aun así se arriesgó a sacar en voz alta sus propias cuentas. Los intérpretes cotizados como Diomedes Díaz manejan un promedio de tres funciones por semana. En algunos periodos especiales, como carnavales y fiestas navideñas, actúan más veces. Incluso en las temporadas bajas tienen la demanda suficiente para presentarse los siete días de la semana, pero no lo hacen porque saben que tal exceso equivaldría a inmolarse: la rutina de trasnochos en las casetas es muy dura. Además, tres “toques” semanales —en la jerga vallenata no se habla de conciertos sino de “toques”— representan ciento veinte millones de pesos, unos sesenta mil dólares, que le reportan al cantante una ganancia neta del setenta por ciento. ¿Quién necesita ingresos superiores a ese para vivir holgadamente? En un mundillo en el cual se confunden los linderos entre el trabajo y la farra, los codiciosos son mal vistos. Concluida esta digresión, ‘el Zurdo’ siguió efectuando sus cálculos: tres presentaciones semanales son doce al mes y ciento cuarenta y cuatro al año. Un cantante que solo se acostara con “las caseteras” en el cincuenta por ciento de sus “toques” —según Ustáriz, este estimativo es demasiado conservador “en ciertos casos”— acumularía setenta y dos aventuras sexuales distintas cada año. A ese ritmo, en una carrera musical de treinta años sus amantes casuales serían dos mil ciento sesenta.

    Muchas de “las caseteras” se hacen embarazar solo por darse el gusto de decir, a boca llena, “tengo un hijo con Fulano de Tal”. O para instaurar demandas en los estrados judiciales y obtener una pensión. Los músicos vallenatos que engendran hijos en forma irresponsable y que luego deben someterse a juicios tortuosos conforman una legión. Varios de ellos son retenidos en las salas de migración de los aeropuertos justo cuando pretenden salir del país a atender sus compromisos musicales. Entonces descubren que no pueden viajar puesto que tienen órdenes de arresto por inasistencia alimentaria. En el gremio, sin embargo, esta escena recurrente es vista como algo normal. No hay duda de que Diomedes Díaz es el exponente del folclor vallenato que más veces ha protagonizado la bochornosa situación. Durante mi trabajo de campo encontré en los archivos de prensa trece noticias que daban cuenta de retenciones de última hora padecidas por él en los aeropuertos debido a sus incumplimientos como padre. Además, conversé con dos de las ex amantes que lo emplazaron en momentos en que se aprestaba a viajar hacia el exterior: Alix Indira Ramírez y Denis Aroca. En ambos casos Diomedes se aprovechó de la permisividad de las autoridades y superó la talanquera jurídica mediante maniobras pintorescas: a Alix Indira Ramírez le abonó de un solo golpe todas las mesadas atrasadas. Y a Denis Aroca le entregó como garantía un reloj de oro de su mánager Joaquín Guillén para que fuera a prestar dinero en una casa de empeño. Ninguna de las dos mujeres, valga la aclaración, perteneció jamás a la cofradía de “las caseteras”: ambas conocieron a Diomedes en contextos distintos al de la fiesta y mantuvieron con él relaciones largas.

    Uno de los asuntos de Diomedes que más me han impresionado desde cuando empecé a investigar sobre su vida es el montón de hijos que tiene. Se sabe que son muchísimos, pero entre tantas versiones encontradas es difícil establecer la cifra definitiva. Ni siquiera el propio Diomedes es capaz de suministrar una información confiable sobre este tema. Durante un tiempo noté que la cantidad aumentaba conforme yo consultaba nuevas fuentes. Primero me topé con Gustavo Gutiérrez Maestre, primo del cantante en tercer grado de consanguinidad, quien me informó que los hijos son quince en total. Después hablé con Tito Castilla, ex cajero del conjunto y cuñado de Diomedes, quien me dio un número mayor: veintidós. Jaime Araújo Cuello me contó que le ha conocido veintiséis hijos y Patricia Acosta me dijo que, según sus cuentas, el dato correcto es veintiocho. Luis Alfredo Sierra intervino con la siguiente revelación: un día el propio Diomedes le confesó que creía ser padre de más de cincuenta hijos. Me pareció que esta cifra era ya, para decirlo con una frase coloquial típica de la región, la tapa de la caja. El colmo. Cincuenta hijos no cabrían juntos en un aula de clases de longitud promedio. Para almorzar con todos ellos al tiempo se necesitaría contratar un salón comunal y sacrificar, por lo menos, nueve gallinas criollas de buen peso. Me pregunté si Luis Alfredo me estaba tomando el pelo. Supuse, además, que como Diomedes es tan famoso su vida privada se vuelve comidilla pública y, al pasar de boca en boca, se deforma con los elementos de ficción que cada contertulio le va añadiendo. De ese modo llega un momento en el que se pierden los límites entre la realidad y la leyenda. También consideré la posibilidad de que estuviera ante una más de las exageraciones características de esta tierra donde el verbo es febril. El Caribe, no hay que olvidarlo, es por excelencia la Meca de la desmesura. Por cierto, un poco antes de encontrarme con Luis Alfredo había visto en una calle polvorienta de La Junta a un par de muchachos juguetones simulando que peleaban. La discusión se acabó cuando uno de los dos amenazó al otro con una hipérbole memorable:

    —¡Te voy a zampar una patada tan fuerte que vas a pasar hambre en el aire!

    El dato que acababa de suministrarme Luis Alfredo podría ser una exageración como la patada ofrecida por aquel muchacho callejero. Lejos estaba de imaginar entonces que me tropezaría con una cifra mucho más abultada: Rafael Díaz, hermano de Diomedes, me dijo que llevaba cuentas de sesenta y tres hijos.

    —¿Sesenta y tres?

    Al ver mi rostro de incredulidad Rafael apeló a una hipérbole —cómo no— para convencerme.

    —Vea, compadre, a la casa de Mamá Vila llegan cada ratico mujeres paridas de Diomedes hablando en todas las lenguas del planeta Tierra.

    Mamá Vila: así le llaman los hijos y los nietos a la señora Elvira Maestre. Incluso algunas personas ajenas a la familia se dirigen a ella con ese apelativo casero. Varios de los entrevistados me aseguraron que si había en el mundo una voz autorizada para informarme con exactitud cuántos hijos tiene Diomedes Díaz, esa es la de mamá Vila. Lo que ella dijera sobre el tema, me advirtieron, sería palabra de Dios. Porque Diomedes no conoce a muchos de los hijos que ha ido engendrando por ahí en sus delirios de toro reproductor. O bien las madres de esos niños no se atreven a buscarlo en la casa donde él vive con su mujer oficial o bien él se desentiende de ellas cuando termina el tiempo del placer y empieza el del embarazo. En cambio, Mamá Vila no solo conoce a los hijos marginales de Diomedes sino que, además, está pendiente de la suerte de ellos. Y mantiene buenas relaciones con sus madres, quienes la visitan de vez en cuando, le llevan a los críos en las fechas especiales y le regalan una que otra tarjeta navideña. Así que cuando yo hablara con Mamá Vila —insistían las fuentes— saldría de dudas.

    En enero de 2008 fui a la casa de Mamá Vila, ubicada en el barrio San Joaquín de Valledupar, en busca del dato preciso. Me acompañó José Rafael Castilla Díaz, su nieto. La encontré vestida con un traje de popelina gris. Estaba de luto debido a que se había quedado viuda hacía pocos meses. Cuando la visité por primera vez, exactamente un año atrás, aún tenía al lado a su compañero de siempre, el viejo Rafael María Díaz. En aquella primera ocasión lo que más me impresionó fue el hecho de que ella refunfuñara todo el tiempo contra él. Decía que era el hombre más sinvergüenza del mundo, que no había que confiarse de “su cara de yo no fui”. Porque, claro, quienes vieran el aspecto de criatura inocente que había adquirido en la vejez seguramente creerían que era incapaz de romper un plato, pero cuando ese señor estaba joven quebraba la vajilla entera, pues era un parrandero irresponsable que se desaparecía durante varios días, y cuando regresaba a la casa traía los bolsillos limpios. Ella pasando necesidades con sus muchachitos, carajo, y él gastándose en ron y mujeres la poquita plata que conseguía trabajando. Noté que aunque Mamá Vila despotricaba permanentemente contra Papá Rafa, no se refería a él por su nombre, ni se dirigía a él de manera directa, y ni siquiera lo miraba. Yo, en cambio, no dejaba de observarlo. Me parecía un abuelo manso, entrañable. Tenía un pantalón de lino caqui, unas abarcas de tres puntadas y un sombrero vueltiao cordobés, y sobrellevaba el calor infernal de las dos de la tarde con una camisilla de algodón. Resistía la andanada de su esposa sin alterarse. A veces sonreía, apacible, como si no se percatara de la lluvia de rayos y centellas que se desgajaba sobre él. Al contemplar su apariencia de anciano bonachón, ¿quién podría deducir que en el pasado fue un mujeriego terrible como el que describía Mamá Vila? Sentí que había una desproporción entre su semblante pacífico y el sermón destemplado de su mujer. Pero Mamá Vila pensaba distinto a mí y, lejos de ablandarse, seguía dándole látigo con la lengua. Cuando el fotógrafo Camilo Rozo, mi compañero en esta aventura periodística, propuso retratarlos juntos, él aceptó entusiasmado y ella se opuso en forma tajante. Tras una breve discusión accedió a regañadientes. Seguramente aquella tarde, mientras posaba envalentonada en las afueras de la casa, no sospechó que la foto que se estaba tomando en contra de su voluntad sería el último testimonio de vida de su marido.

    Durante mi segunda visita Mamá Vila no estuvo irascible sino nostálgica. La encontré almorzando en el patio, sentada en un taburete recostado contra la pared. Olía a cigarrillo. Frente a nosotros, encaramado en una horqueta, había un mico llamado Pacho que chillaba, brincaba y sacaba la lengua en señal de burla. Su repertorio de gestos exhibicionistas era pródigo en obscenidades: mostraba las nalgas, se chupaba el pene. Hubo un momento en que Mamá Vila le mostró el puño amenazante.

    —¡Mico bellaco, te voy a dar una tollina!

    Pero Pacho, en vez de amilanarse, recibió la advertencia con nuevas expresiones de desparpajo: soltó una carcajada y blandió el pene erecto como si fuera el arma letal con la cual se defendería de Mamá Vila. Ella se dirigió a mí:

    —Te digo que ese mico repelente se está salvando por un pelo de que yo lo regale. Si por mí fuera, hace rato lo hubiera botado en un basurero. Pero imagínate tú: ese puñetero animal era la adoración del difunto. Botarlo sería ofender su memoria.

    A continuación suspiró profundo, la mirada extraviada en el horizonte. Cuando abrió la boca de nuevo fue para decir que los seres humanos somos incomprensibles. Tanto que despotricaba ella del señor Rafa, fíjese usted, y ahora se sentía infinitamente triste por su ausencia. ¿Quién nos entiende? Mientras su marido vivía ella renegaba de él y ahora que estaba muerto se daba cuenta de lo bueno que había sido, especialmente con sus hijos. Aunque era un hombre de pocas palabras siempre tenía a flor de labios una frase cariñosa para los muchachos. Y aunque era muy pobre siempre se las arreglaba para volver a casa cargado de regalos: mendrugos de panela, canastas de mango, muñequitos de totumo. Detalles que quizá no le habían costado ni medio centavo pero que significaban mucho para la familia. Definitivamente ella tendría ahora la conciencia tranquila si hubiera sido capaz de reconocerle en vida sus cualidades del mismo modo impetuoso con el que le enrostró sus defectos. Pero ya ve: por algo dice el adagio que el bien solo es conocido cuando es perdido. Además, ella se ha puesto a analizar que Rafael María Díaz, alma bendita, lo único que hizo fue seguir al pie de la letra una tradición más antigua que él mismo. ¿O es que acaso en la región hay un solo hombre comedido en asuntos de amores? Al contrario, los hombres de por acá son tan enamoradizos que le flirtean hasta a un palo de escoba con falda. Por eso las mujeres de estas tierras están curadas de espantos, pues saben que los santos no existen sino en los libros de religión. En la vida real lo que abundan son los tipos pícaros capaces de preñar a cuanta hembra se les atraviese. El difunto Rafa, por lo menos, siempre evitó que las aventuras de la calle terminaran en embarazos. Porque de él podrán decir lo que quieran, menos que haya sido un semental dedicado a reproducirse en los corrales ajenos. Los únicos hijos que tuvo fueron los diez que le engendró a ella, sí señor. Bandido sí, pero irresponsable como tantos que andan al garete por ahí, ¡jamás!

    —¿Como Diomedes?

    Mamá Vila me acuchilló con la mirada. Tomó impulso como para insultarme pero se frenó en seco. Así, callada, los dedos de la mano derecha crispados, se quedó durante varios segundos. Pacho dio un nuevo salto encima de la horqueta y, desternillándose de la risa, nos mostró por enésima vez su erección jubilosa. Hacia él se dirigió entonces la reprimenda de Mamá Vila.

    —¡Mico bellaco!

    En seguida volvió a su mutismo. De pronto me dijo que, sin el ánimo de justificar las malas acciones de Mede —así le llaman al cantante en familia—, las mujeres que se hacen embarazar de él no lucen bien haciendo el papel de víctimas, pues también son culpables de los problemas derivados de la francachela. Porque, dígame usted, ¿qué esperan esas mujeres de un músico bebedor y trotamundos que el jueves saborea un amorío en Santa Marta y el viernes otro en Montería, y que cada vez amanece entrepernado con una fulana distinta? Un músico que, además, es casado. Aquel mediodía Mamá Vila esgrimió —graneadas, continuas— una variadísima colección de metáforas relacionadas con animales para ilustrar su idea de que el macho es depredador y anda siempre al acecho, y por tanto la hembra debe ser sigilosa y andar siempre a la defensiva. Primero advirtió que así como los hombres desarrollan la astucia de las bestias cazadoras, las mujeres deben desarrollar la naturaleza escurridiza de las aves de monte. Frente a las mañas del gavilán, la desconfianza de la paloma. Después señaló que los líos se presentan porque muchas liebres, en vez de aprovechar su agilidad para ponerse a salvo, se arriman al hocico del lobo a buscar la mala hora. ¿Qué hacen las gacelas exhibiéndose indefensas ante los leones? Lo prudente es que vivan su vida en espacios libres de amenazas. A propósito de este tema, Mamá Vila se inventó un refrán que Diomedes inmortalizó en uno de sus discos: “No es que el zorro sea atrevido sino que las gallinas se van lejos”.

    En este punto Mamá Vila expuso un argumento que me pareció un chiste: “el pobre Mede” suele ser blanco de las habladurías de la gente. Sobre el tema de los hijos, por ejemplo, se dicen muchas barbaridades: que tiene treinta y cinco, que tiene sesenta. Puras calumnias. La persona que sabe cuántos son exactamente es ella, pues los ha visto a todos con estos ojos que algún día serán abono de la tierra.

    —¿A todos, Mamá Vila?

    —A todos.

    —¿Y cuántos son en total?

    —No son más de veintiséis.

    Cuando salí de aquel patio en el que Pacho reinaba a placer con sus procacidades, iba convencido de haber develado el misterio. Pero a los pocos días de mi regreso a Bogotá conocí a Miguel Ángel, un hijo de Diomedes que jamás ha visitado a Mamá Vila. Miguel Ángel es bogotano. Nació el 12 de julio de 1987, fruto de la relación que Diomedes mantuvo con Yolanda Rincón. Después me reuní otra vez con Jaime Araújo Cuello, el amigo de Diomedes. Jaime me dijo que no cree que Mamá Vila haya visto, como asegura, a todos los retoños del cantante. Muchos de los hijos que ha engendrado viven en ciudades del interior del país, lejos de los dominios de Mamá Vila. Cuando Diomedes fue recluido en la cárcel de Funza por la muerte de Doris Adriana Niño —prosiguió Jaime Araújo— tenía preñadas a tres mujeres: Betsy Liliana González, su compañera estable en aquel momento, y dos más. Los guardianes veían estupefactos la caravana de féminas barrigonas que acudían de tarde en tarde a su celda.

    De pronto descubrí que me zumbaba en la memoria una de las afirmaciones de Mamá Vila: los donjuanes de la región se guían por los códigos machistas de sus mayores. Y siempre encuentran —agrego yo—abundantes ejemplos en el ambiente. Quienes nacimos en el Caribe nos familiarizamos desde temprano con esos tipos que procrean recuas de hijos extramatrimoniales sin ruborizarse, como si apenas estuvieran cometiendo una travesura inofensiva. Es posible que alguno de ellos pertenezca a nuestra familia, o viva en la casa contigua, o haya asistido a la escuela primaria con nosotros, o sea nuestro compadre. Lo hemos visto atizando el fogón en la morada de su esposa y luego celebrando la primera comunión de un hijo extramarital en la vivienda de cualquiera de sus concubinas. Quizá al principio nos sorprendió su existencia y le preguntamos a algún adulto por qué ese señor tenía tantas mancebas y tantos hijos regados por la calle. Pero después empezamos a verlo sin asombro, pues sentimos que era ya parte del paisaje. A fuerza de repetirse de generación en generación, ciertas costumbres bárbaras se van legitimando. Se van volviendo tradición.

    La noche en que reflexionaba sobre este tema saqué de mi biblioteca el libro Un muchacho llamado Diomedes, que me obsequió su autor, el periodista Luis Mendoza Sierra. Busqué al vuelo un pasaje que ya tenía subrayado: el que narra la historia de Rafael María Díaz con su progenitor. Papá Rafa era hijo extramatrimonial de un señor villanuevero conocido con el nombre de Rafael Cataño. En la adolescencia se sentía avergonzado por su condición de bastardo —así se les denominaba en aquella época a los críos engendrados por fuera del hogar—. Un día decidió tramitar su propio reconocimiento. Había oído decir que en una notaría del municipio de San Juan del Cesar se encontraba un escribano invitando a comparecer en su despacho a todos los hijos ilegítimos de Rafael Cataño que quisieran ser registrados oficialmente. Así que sin darle vueltas al asunto cubrió a pie la distancia entre Carrizal y San Juan, que era más o menos de veinte kilómetros. Al llegar notó horrorizado que la ceremonia iba a ser colectiva: los muchos chicos que habían atendido la convocatoria del escribano estaban formados en una hilera extensa. Papá Rafa se acomodó en el puesto número ocho de la fila. Estaba asustado. Y se asustó aún más cuando el notario les informó cuál era el requisito que debían cumplir para ser admitidos como hijos de Rafael Cataño: llevar un lunar detrás de alguna de las orejas o una mancha marrón en las nalgas. Papá Rafa cayó en la cuenta de que no tenía ninguna de las dos señales. Además se sintió dominado de repente por la impresión pavorosa de ser el único miembro del lote de hermanos que no se parecía físicamente a los otros. Ellos eran idénticos entre sí mientras él, justo él, poseía facciones distintas. La idea de ser el muchacho diferente, el raro, le resultó insoportable. Entonces huyó a las carreras. Ese día renunció para siempre a la estirpe de su padre. Y resolvió seguir portando el apellido Díaz con el cual lo bautizó su madre, doña Avelina.

    En los círculos vallenatos siempre ha sido admirada la figura del trovador que se reproduce desaforadamente. Se le ve como un símbolo de éxito, de poder. Es como el Adelantado Mayor capaz de ocupar numerosos territorios y mandar en ellos de manera inapelable, como el pistolero avezado que donde pone el ojo, pone la bala. Además de cautivar a las mujeres, las marca. Para ellas nada es igual desde el momento en que él llega a sus vidas. Él les mueve el piso, les zarandea las entrañas, les transforma el mundo. En la sociedad machista a la que pertenece, el hombre-semental es visto como portador de la aureola del buen amante. Si tiene muchas mancebas con las cuales se exhibe sin recatos bajo la luz del sol, si logra que cada una de ellas le consienta sus amores con las otras, ha de ser porque lo que les da —y en este punto los contertulios adoptan un rostro pícaro— es muy bueno.



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    Re: La Eterna Parranda, la gran crónica de Diomedes Díaz

    Mensaje  Admin el Vie Jul 02, 2010 12:31 am

    Llenarse de hijos en varias relaciones sentimentales es una barbaridad inconcebible para el hombre ilustrado de la ciudad. Para el juglar vallenato, en cambio, es una simple anécdota, incluso un chiste. Rafael Escalona, el más grande compositor de este folclor, vivió tan orgulloso de su talento para escribir canciones como de su enjundia fecundadora: tuvo veintitrés hijos. Malgeniado, engreído, cuando le preguntaban si consideraba justo que un hombre embarace a cada una de sus amantes, montaba en cólera. No porque creyera que el interrogante fuera un reproche moral sino porque, al contrario, sentía que el interlocutor le estaba rebajando su palmarés como conquistador. Porque él, definitivamente, no había preñado “a cada una” de sus amantes. Que hubiera engendrado veintitrés hijos no significaba que solo hubiera tenido veintitrés mujeres. En seguida, para dejar bien claro que tales cuentas resultaban injustas para un tenorio de sus quilates, soltaba una de sus frases sentenciosas:

    —Si cada disparo produjera un muerto, en los cementerios ya no quedaría espacio.

    En 1987, dos años antes de morir, el juglar Alejo Durán me contó que tenía veinticuatro hijos. El diálogo que se desarrolló a continuación se convirtió, para mi sorpresa, en un chiste nacional que aún hoy todo el mundo cita en los cocteles aunque casi nadie sabe cuál es su fuente original:

    —¿Veinticuatro hijos, maestro? ¿Y con la misma?

    —Sí, con la misma, pero con diferentes mujeres.

    En cuanto a Diomedes, durante mi investigación hallé numerosas evidencias de que procrear hijos en abundancia es para él un asunto graciosísimo. Yolanda Rincón me contó que una tarde iba caminando con él, a los pocos días de haber comenzado su romance, por un almacén en cuya vitrina se encontraba exhibida una bata de maternidad. A Yolanda se le antojó paradójico lo que sucedió entonces: ella, pese a ser una mujer soltera con el instinto maternal a flor de piel, siguió de largo frente a la vitrina. Diomedes, en cambio, se detuvo. La ciñó suavemente por la cintura y le habló al oído:

    —Mi amor, cierra los ojos un momento e imagínate con esa bata puesta. ¡Seguro te verías muy linda!

    Cuando viajaba hacia las fincas donde se escondió Diomedes en su época de reo ausente, pasé por una aldea de aproximadamente cuarenta casas llamada Veracruz. Javier Ramírez, uno de mis acompañantes, me informó que Juan Manuel Díaz, ‘el Cancu’, tiene en ese pequeño villorrio “cerca de quince mujeres y un pelotón de hijos”. Ramírez fue testigo de una tarde en que Diomedes quiso saber cuántos son, exactamente, los retoños de su hermano menor. Cuando ‘el Cancu’ le respondió que “casi veinte”, Diomedes hizo un ademán teatral de reverencia y le obsequió el siguiente cumplido:

    —Caramba, hermanito, ¡y sin necesidad de cantar ni un solo disco!

    Joaquín Guillén también me contó una anécdota relacionada con el tema. En cierta ocasión Diomedes fue encausado judicialmente debido a que rechazaba un hijo que se le atribuía. Su argumento para negarse a admitir la paternidad era que la mujer responsable de la demanda mantuvo en la misma época amancebamientos clandestinos con él y con un agente de la Policía. Cabía la posibilidad de que el bebé fuera hijo del otro amante. Guillén estuvo de acuerdo con esa presunción pero le dijo a Diomedes que, en todo caso, el juez tendría que ordenarles a los implicados una prueba de ADN. Diomedes le advirtió que por nada del mundo se sometería a ese examen. Más bien —agregó— él le propondría al juez la fórmula ideal para zanjar la disputa: sentar al bebé en medio de un bolillo y de un acordeón.

    —Si el pelao agarra el bolillo —concluyó— es hijo del policía, y si agarra el acordeón es hijo mío.

    Frecuentemente me topaba con historias del mismo tenor, en las cuales los hijos extramatrimoniales quedaban reducidos a una broma de ocasión. Más de una vez me encontré con personas que al enterarse de que yo andaba investigando sobre Diomedes Díaz, automáticamente se referían a los hijos y a las mujeres. Lo hacían de manera espontánea, sin que yo dijera nada previo sobre el tema. El hecho de que tanta gente estableciera una asociación inmediata, forzosa, entre las palabras “Diomedes”, “hijos” y “mujeres” me llevó a concluir que estaba frente a un rasgo sustancial de mi personaje. En la medida en que sumaba nuevas voces a mi trabajo de campo, más cuentos sobre este asunto se iban acumulando en la memoria de mi grabadora digital. Una periodista amiga me contó, por ejemplo, que un día acompañó a su novio —un cronista reconocido— a entrevistar a Diomedes para un documental de televisión. Al final, cuando se apagaron las cámaras, Diomedes inspeccionó a la periodista de pies a cabeza y, sin preámbulos, se dirigió a su entrevistador.

    —¡Primo, qué mujer tan bonita! ¿Es la novia suya?

    Cuando el periodista respondió afirmativamente, Diomedes le dio un consejo.

    —A las novias bonitas hay que cogerles cría rapidito.

    Sus antiguas amantes también contribuyeron a mi anecdotario sobre el tema. Yolanda Rincón me contó que Diomedes le confesó un día su sueño de tener cien hijos, dizque para que su simiente se esparciera por todo el mundo. Alix Indira Ramírez, por su parte, me informó que en cierta ocasión Diomedes se quedó mirando detenidamente a José Miguel y a Rafael María, los dos hijos que tiene con ella, quienes dormían a pierna suelta en sus respectivas cunas. El mayor de los niños contaba dos años y el menor, uno. A Alix Indira le pareció enternecedora la imagen del padre entregado a la contemplación de sus dos retoños. Quiso saber qué estaría pensando su marido en ese instante. Quizá —especuló— se encontraba embobado por el afecto. O quizá tarareaba mentalmente los primeros versos de una canción que les dedicaría a los chiquillos. Esta última posibilidad se le ocurrió porque se acordó súbitamente del paseo Mi muchacho, inspirado en Rafael Santos, el mayor de sus hijos con Patricia Acosta. Justo en ese momento Diomedes habló y satisfizo, por fin, la curiosidad de Alix Indira. Lo que dijo entonces no figuraba ni siquiera remotamente en las conjeturas de ella.

    —Ay, mi amor, qué bonitos son nuestros dos varoncitos, ¿verdad? Ahora nos falta tener la hembrita.

    Le dije a Alix Indira que sería capaz de dar media vida —yo también poseo mi inventario de exageraciones— con tal de saber qué se propone Diomedes, en el fondo, al engendrar un hijo detrás del otro como si en efecto creyera que se trata de una gracia. Porque no es solo que maneje de manera primaria sus ardores de bajo vientre, no es solo que ande por ahí desabrochándose la bragueta con la velocidad del relámpago, sino que además pareciera haberse tomado a pecho la causa de invadir el planeta con sus herederos. ¿Qué taras hay en la personalidad de un hombre empeñado en reproducirse con el desenfreno de los curíes, un hombre que va por el mundo imaginándose en bata de maternidad a cada mujer con la que se tropieza? Alix Indira, dotada de un gran sentido práctico, me sugirió evitar los razonamientos sofisticados: el único motivo por el cual el tipo ha procreado ese montón de hijos —sentenció— es su enorme irresponsabilidad. Aunque el argumento se me antojó sensato consideré oportuno ensayar otras explicaciones. Psicológicas algunas, metafísicas las otras.

    Recordé que en tiempos pretéritos los juglares vallenatos se vieron forzados a incluir sus nombres y apellidos en los versos de cada canción que componían, para evitar que en el proceso de difusión se les extraviara la autoría. En aquella época de trovadores iletrados las coplas circulaban en forma verbal. Los juglares no las escribían sino que las tarareaban en los montes y en las parrandas. Entre repetición y repetición se las iban aprendiendo, y también se las aprendían los entusiastas oyentes que ayudaban a difundirlas. El maestro Escalona usaba un símil recurrente para referirse a este fenómeno: “El vallenato fue como el bostezo: se propagó de boca en boca”. Si algo positivo tenía esa expansión oral era que demostraba la vitalidad del vallenato como folclor. Lo malo era que propiciaba el sacrificio de los compositores: como los cantos no eran grabados en discos ni registrados en oficinas que velaran por los derechos de autor, resultaba fácil que ciertos receptores bribones se apropiaran de ellos. El investigador Félix Carrillo lleva la cuenta de por lo menos quinientas canciones clásicas del vallenato que les fueron usurpadas a sus legítimos creadores. Para evitar el hurto los compositores adoptaron la medida de incluirse en sus versos. Lo hacían, a menudo, en tercera persona, como si el protagonista al cual se referían fuera un fulano distinto a ellos mismos. De ese modo las canciones se llenaron de frases como “oigan lo que dice Alejo”, o “este paseo es de Leandro Díaz”, o “Abel Antonio no llores”, o “Juancho Polo para dónde vas”. Mencionarse equivalía a firmar la canción.

    Acaso el polígamo compulsivo que se obsesiona por dejar en cinta a todas sus amantes también pretende poner su nombre a salvo del olvido. Preña para que lo recuerden. Y para refrendar ante su colectividad ciertos amores que, sin el embarazo, tal vez permanecerían ocultos. Los hijos que le nacen como consecuencia de sus escarceos carnales son como las cabezas de ciervo que colecciona el cazador: meros trofeos para restregárselos por la cara a sus congéneres.

    Mientras me encontraba en esas cavilaciones recordaba una y otra vez el consejo que le dio Diomedes al periodista del documental: “A las novias bonitas hay que cogerles cría rapidito”. Pensé en esas especies animales cuyos machos orinan copiosamente alrededor de sus hembras para demarcar el territorio. Los críos vienen a ser, entonces, una variación del primitivo chorro de orín: aíslan a la consorte, alejan a los otros pretendientes. Son una impronta que, además, se prolonga en el tiempo: los amantes que en el futuro logren acercarse finalmente a la mujer, la encontrarán parida. Entonces, quizá, se sentirán avasallados por el fantasma del donjuán que se les adelantó.

    Patricia Acosta cree —y me lo dice mientras enciende un nuevo cigarrillo— que la decadencia actual de Diomedes se debe en gran parte a su libertinaje con las mujeres. Sus excesos en ese campo lo envilecieron, le hicieron derrochar dinero, lo enredaron judicialmente y lo condujeron a la cárcel. De allí proceden casi todos los problemas que han degradado su imagen ante el país.

    La historia de Diomedes con las mujeres está signada por las paradojas: el gozo y la mortificación, la caricia y la bofetada. Las mujeres han sido la savia de su canto y la ponzoña de su alma, han determinado su ascenso y su caída. Eso sí —se jacta Patricia otra vez—: en el balance ella ha representado la ganancia, no la pérdida. Porque mientras ella lo acompañó él estuvo exento de protagonizar esos escándalos terribles que, en los últimos años, avergonzaron a su familia y enlutaron a varias personas inocentes. Como la muerte, sí señor, de la muchacha esa de Bogotá.

    —Quien puede contarte la vida de Diomedes Díaz soy yo, que lo conozco como a la palma de mi mano —alardea—. Pero no vayas a preguntarme por el caso de Doris Adriana Niño. El protagonista de ese percance tan horrendo no fue el muchacho que yo conocí en La Junta. Si te interesa esa parte de la historia vas a tener que buscar a otra gente. Yo solo puedo hablarte de las cosas buenas que a él le pasaban mientras vivía conmigo.

    Intento hallar señales tangibles del tránsito de Diomedes por la vida de Patricia, algún rastro material de su antigua estancia en esta casa. Veo un retrato suyo al carboncillo. Veo dos afiches ofrendados a Luis Ángel, el tercero de los cuatro hijos que engendró en este hogar ya marchito. Las dedicatorias están garrapateadas con una caligrafía esmerada pero tosca. Por mucho que aguce la mirada no advierto en el entorno ningún otro vestigio de la ya remota presencia de Diomedes. En la época de la ventana marroncita —recuerdo— él dijo en versos que, a menos que se presentara una peste, viviría la vejez junto a Patricia. Sin embargo, ahora no se encuentra aquí para cumplir su promesa. A menudo lo único que queda de los grandes juramentos sentimentales son desengaños. O bisuterías, como los cuadros que están colgados en las paredes. Me asombra la nueva paradoja: Diomedes inmortaliza como cantante los amores que destruye como hombre calavera. En la vida cotidiana él y Patricia ya no son pareja, pero en las canciones el romance de los dos es indestructible. Cantar es embaucar, es hacerle creer a la gente que los pajaritos pintados en el aire por fin aprendieron a volar. Las quimeras de la música ejercen en nuestras almas un efecto balsámico parecido al que producen los espejismos en el desierto.

    Estas ideas empezaron a rondarme cuando visité a Martina Sarmiento, la mujer que a principios de los años setenta vivió en unión libre con Diomedes Díaz. La encontré tejiendo un chinchorro en el patio de su casa en Carrizal. Silenciosa, introvertida. Su cabello agreste lucía estropeado por la canícula. Me contó que dormía con Diomedes en una cama contrahecha que se desplomaba casi todas las madrugadas. Es que eran sumamente pobres, añadió con una sonrisa tímida. A principios de 1976 Diomedes se inscribió en el concurso de canción inédita del Festival Vallenato. En abril, cuando comenzó el certamen, él estaba con ella en Carrizal y no tenía dinero para comprar el pasaje hacia Valledupar. Andaba deprimido porque suponía que sería descalificado sin participar. Entonces ella se puso en la tarea de alcanzar limones en la huerta de su padre. Luego salió a venderlos por el pueblo. Gracias a su gesto generoso Diomedes pudo viajar a ese festival en el que conoció a Náfer Durán, el acordeonero de su primer disco. El trofeo que le dieron por ganar el tercer puesto en el concurso de canción inédita es lo único que a Martina le quedó de él. Y una hija muy dulce que se llama Malena Rocío. Más allá del trofeo y la hija, Diomedes no dejó por aquí ni la sombra.

    En aquel trofeo, un armatoste de hierro carcomido, reconocí una alegoría: a veces lo único que el amor deja entre las manos es un montón de óxido. Óxido y dolor, me corrige Patricia ahora. Y me cuenta entonces que a su padre, ‘el Negro’ Acosta, lo mató la pena moral que le produjo la separación de ella con Diomedes. Se me viene a la memoria la leyenda del flautista de Hamelín: uno se acerca en busca de la melodía y al llegar se tropieza, inevitablemente, con las ratas.

    Patricia aplasta su cigarro contra el cenicero. Su cigarro que hace un instante era una brasa encendida y ahora es una pilada de cenizas. Como sus amores con Diomedes Díaz.



    Tercera Parte:

    3. Las vacas pariendo y yo bebiendo

    Conocí a Diomedes Díaz en vísperas de la Semana Santa de 1979, cuando yo estaba próximo a cumplir los dieciséis años y él estaba próximo a cumplir los veintidós. Sucedió en San Estanislao, el caluroso pueblo del norte de Bolívar en el cual me criaron mis abuelos maternos. El conjunto había sido contratado para actuar en una caseta llamada Los Jumbitos. Aunque la presentación comenzaría a las diez de la noche, Diomedes y su tropa, encabezada por el acordeonero ‘Colacho’ Mendoza, arribaron en autobús a las cuatro de la tarde. Luego se dirigieron a la posada de Adela Rivera, la única del pueblo, donde al parecer algunos de ellos durmieron una siesta. Al caer las primeras sombras de la noche los visitantes jugaron fútbol, pasearon por las calles del centro. Yo era uno de los muchísimos provincianos que aquella tarde de sábado seguían paso a paso el itinerario de los músicos: la aparición del autobús por el Callejón del Comercio, el desembarque, el partido de fútbol vespertino, la caminata por el parque principal, la instalación del sistema de sonido. En aquel momento la fama de Diomedes comenzaba a ensancharse. Su discografía de entonces ya tenía títulos notables, como Consuelo, Frente a mí y El alma en un acordeón. De ahí el revuelo que produjo su llegada a San Estanislao.

    Diomedes entró a la caseta escoltado por un tropel de admiradores. Puntual, sobrio. Mientras avanzaba por la calle de honor que le abrían los fanáticos que ya estaban dentro, iba dejando en la atmósfera una estela de perfume. Me llamó la atención el hecho de que rechazara las copas de ron y whisky que espontáneamente le ofrecía el público. Incluso se negó a recibir una cerveza helada que, según pensé entonces, le hubiera servido para mitigar el bochorno de aquella noche veraniega.

    —Los cantantes no consumimos bebidas frías —se excusó—. Si me pongo ronco se nos daña el baile, primo.

    Acto seguido extrajo del bolsillo de la camisa un mendrugo de panela. Se lo llevó a la boca y empezó a masticarlo ahí mismo, delante de todos nosotros. Luego se dirigió hacia una zona contigua a la tarima para reunirse con los integrantes del conjunto. Su moderación no encajaba en el estereotipo de borracho propio del músico vallenato. Pero lo que me pareció más extraño fue lo que vino a continuación: cada vez que terminaba una tanda de canto, tomaba consomé de pollo y volvía a comer panela. A veces se aislaba en uno de los rincones de la caseta para gesticular como si estuviera actuando frente a un auditorio imaginario. Se ponía las manos abiertas en el pecho, daba un par de pasos laterales.

    A lo largo de todos estos años he pensado mucho en el Diomedes de aquella noche de 1979, incluso desde antes de aventurarme a escribir esta historia. He evocado sus rasgos todavía adolescentes, sus gestos pintorescos. He contado varias veces, de manera oral, los mismos hechos que ahora estoy contando por escrito en esta crónica. Me he preguntado qué tanto de mi interés en él se debía a su carisma y qué tanto a mi naturaleza fisgona. Lo cierto es que yo me movía por dondequiera que él se moviera. Registraba con entusiasmo sus acciones, lo observaba de arriba abajo. Hubo un momento en que se me dio por curiosear su cuello. Me llamó la atención que tuviera la nuez de Adán tan sobresaliente. Supuse que tal vez la fuerza de su voz se derivaba de ese apéndice filoso. Cuando subió de nuevo a la tarima seguí escudriñándole el cuello: vi cómo se agrandaba y cómo se contraía, vi las venas gordas, la nuez inflada como si fuera a reventarse. En principio, ese gaznate abultado quedó grabado en mi memoria como una rareza morfológica. Después se convirtió en la imagen viva de la pasión de Diomedes por el canto. Había que ver el fuego que irradiaba aquel cantante. Si parecía a punto de desgarrarse físicamente era porque se estaba jugando el alma en cada tonada. El público, entre tanto, contemplaba embelesado su interpretación del paseo El gavilán mayor:

    Yo soy allá en mi tierra el enamorador

    soy buen amigo y valiente también

    porque soy de las hembras el conquistador

    de mil claveles soy el chupaflor

    y en mi chinchorro me puedo mecer

    Yo soy el gavilán mayor

    y en el espacio soy el rey.

    Durante gran parte de estos años arriesgué conjeturas erróneas sobre el vaso de caldo y los pedacitos de panela que Diomedes llevaba consigo la noche en que lo conocí. Suponía que eran simples extravagancias de divo. La verdadera razón de su ascetismo se me reveló cuando empecé a explorar el tema con ojos de reportero: Diomedes se cuidaba porque era un cantante de aspiraciones. Al conservarse sobrio podía seguir vivo para alcanzar la gloria que creía merecer. Al convertirse en un borracho ponía en riesgo esos ideales. Tenía claro que su canto era —como se dice en la jerga campesina de la región— su hacha y su machete. Por tanto, lo protegía como a su propia vida. Tomaba consomé para mantener en calor su garganta, comía panela para aclarar la voz. Esos mimos que se prodigaba evidenciaban, además, el respeto profundo que entonces le inspiraba su oficio. Los amigos que me han oído narrar esta historia coinciden conmigo en que aquel muchacho intachable no anticipaba al personaje disoluto que el país conocería después.

    Aquella noche en San Estanislao Diomedes le arrebató el micrófono al animador para anunciar su siguiente canción.

    —Este paseo inédito vendrá impreso en mi próximo disco, que saldrá al mercado, con el favor de la Virgen del Carmen, dentro de un mes. Se llama El profesional y dice la verdad de mi propia vida. Con mucho gusto para todos ustedes.

    Durante casi toda la canción mantuvo los ojos cerrados. Manos apretadas contra el pecho, cabeza inclinada hacia la izquierda. En varios pasajes la voz se le quebró como si estuviera a punto de llorar. Fue tal vez el momento más emotivo de la velada.

    Me inspiraba cuando fui un alumno

    Siempre ser un buen profesional

    Y como no tuve pa’ estudiar

    Fueron imposibles mis estudios.

    Pero hay cosas bellas en el mundo

    que es la inteligencia natural

    Y cualquier hombre puede triunfar

    Y después gritarlo con orgullo

    No fueron completos mis estudios

    Pero soy un buen profesional.

    Al terminar la canción hizo una venia solemne con la cabeza. Luego se me perdió de vista. Cuando volví a verlo lo tenía al frente: avanzábamos en sentido contrario a través del angosto corredor que había entre dos hileras de sillas ocupadas por borrachos. Él traía su vaso de consomé, yo llevaba las manos vacías. El choque entre los dos era inminente. En el último soplo, sin embargo, logré esquivarlo corriéndome un poco hacia la derecha, justo después de que él exclamara con apremio:

    —¡Cuidado te quemas!

    En seguida me dio la espalda y siguió su rumbo. Yo me quedé parado viendo cómo se alejaba entre la multitud. Ahora, al observar el episodio en perspectiva, comprendo que ya en aquel momento era mi personaje aunque ambos lo ignoráramos. En parte por eso y en parte por la notoriedad que alcanzó después, la frase que me dijo entonces —tan casual, tan insignificante— ha sobrevivido intacta en mi memoria.

    Fue la primera y última ocasión en que nos vimos las caras. Nunca más nos hemos topado tan de frente, tan de cerca, a pesar de haber coincidido un montón de veces en los mismos espacios. Antes de decidirme a escribir sobre él lo vi actuar, por lo menos, en diez escenarios distintos. Después, en cinco. Viajando como cronista tras sus pasos he acumulado incontables millas de camino por tierra y por aire. Una noche en La Dorada, Caldas, me alojé en el mismo hotel en el que él estaba alojado. Una tarde en Ciénaga, Magdalena, me subí en el autobús de sus músicos. En febrero de 2010 asistí a la inauguración de una discoteca vallenata en Bogotá, amenizada por él. Durante la mayor parte de la velada permanecí montado en la tarima como si fuera un miembro más del conjunto. Desde mi ubicación privilegiada lo observé de perfil, a unos dos metros de distancia. Lo cierto es que son muchos los encuentros que he tenido con él desde aquella noche de 1979 hasta hoy. Algunos, inducidos por mí en mi condición de reportero; otros, determinados por el azar. Cuando no voy deliberadamente a los sitios donde él canta, de todos modos termino hallándolo por casualidad. Una mañana abordó el mismo avión en el que yo volé hacia Medellín. Un mediodía almorzó en el mismo restaurante de Valledupar donde yo almorcé. En cada nueva oportunidad parece más alcanzable, en cada nueva oportunidad se aleja un poco más. Han pasado treinta y un años desde cuando lo vi por primera vez y tres años desde cuando comencé a investigar sobre él, y si algo sé muy bien a estas alturas es que ya dijo todo lo que tenía que decirme:

    —¡Cuidado te quemas!

    Me parece razonable que se niegue a entrevistarse conmigo. Si yo estuviera en sus zapatos haría lo mismo. Consideraría innecesario exponer mi vida ante sus ojos, pues su escrito no me serviría en absoluto para vender ni un solo disco de más. Al fin y al cabo, mi fama no ha dependido de lo que él publicara o dejara de publicar. Puedo apañármelas perfectamente sin sus gacetillas. Si el tipo fuera uno de esos redactores de farándula que permanecen en sus cubículos a la espera de los comunicados de mi casa disquera, lo atendería al instante, porque sé que no me quitaría demasiado tiempo ni me plantearía cuestiones incómodas. Lo despacharía en un santiamén contándole simplemente cuáles son las canciones que contiene mi álbum reciente. En ese caso sí que me resultaría útil porque me ayudaría a promover mi nuevo disco, que es lo único que de veras importa. Pero a este Fulano que me viene asediando desde hace rato dizque para volverme tema de una crónica larga, se le nota al rompe su intención de meterse en ciertas honduras que a mí no me interesan. Al concederle un par de horas en mi agenda, el Fulano podría conducirme con sus interrogantes a terrenos espinosos. Podría preguntarme, por ejemplo, por qué si Doris Adriana Niño murió estando conmigo en el apartamento privado que me suministró la Sony Music en Bogotá, apareció arrojada como mera basura en un solar de las afueras de Tunja, a ciento cincuenta kilómetros de distancia. O a quién se le ocurrió el plan maquiavélico de hacer que las prostitutas de un burdel de esa ciudad reclamaran el cadáver para sepultarlo como si fuera una víctima menesterosa de su gremio. O si tengo alguna idea de por qué a los pocos días de la desaparición de Doris Adriana, cuando todavía no se conocía la noticia del homicidio, su cédula de ciudadanía fue cancelada en la Registraduría Nacional. ¿Qué tal que me preguntara por qué huí cuando fui requerido por la justicia, y quiénes custodiaron mis escondites durante el tiempo en que fui prófugo?

    Uno les da la mano a estos periodistas, y ellos agarran el brazo; uno los hace entrar hasta la sala, y ellos dirigen su mirada chismosa hacia la alcoba. De pronto este Fulano sea de los entrometidos. Y aun si no lo fuera desconfiaría de él, porque en vez de limitarse a informar quién compuso la canción principal de mi reciente disco ha entrevistado a muchísima gente cercana a mí. Quizá a estas alturas varias de sus fuentes le hayan hablado de ciertos temas que yo detesto ventilar. Por ejemplo, las francachelas que armé dentro de la Cárcel Municipal de Valledupar cuando pagué mi condena. A lo mejor el Fulano conversó con aquella antigua amante mía que un martes por la tarde me llegó de sorpresa. El personal de turno le permitió entrar porque ella prometió marcharse en seguida, pero resulta que ambos nos dormimos. Cuando nos despertamos habían pasado casi tres horas. Entonces mi amante decidió seguir conmigo en la celda para ahorrarse la vergüenza ante los guardianes. Es que, imagínese usted, ni aquel era un día de visitas conyugales ni ella aparecía registrada como mi compañera permanente. Sería un fastidio que ahora el Fulano trajera a cuento esta historia. O que la tomara como pretexto para preguntarme si es verdad que algunas noches dormí en mi casa y no en la cárcel.

    Si yo estuviera en los zapatos de Diomedes, insisto; si tuviera, como él, esos vaivenes tremendos entre lo sublime y lo grotesco; si mi vida hubiera sido un viaje permanente a través de una montaña rusa que diera bandazos de infarto entre el cielo y el abismo, también me prevendría ante los periodistas. Consideraría que a estas alturas ellos ya no pueden obsequiarme ningún halago interesante, ninguna bendición nueva que me favorezca durante la travesía por el pantano. En cambio sí podrían machacar en lo negativo, incluso actuando de buena fe. De modo que si yo fuera Diomedes procuraría mantener alejado al Fulano cronista para negarle cualquier posibilidad de preguntarme si soy o no soy adicto a la cocaína. Que se imagine lo que le dé la gana y que escriba lo que quiera. Total, ya estoy acostumbrado. Pero por nada del mundo sería yo quien se referiría a esos temas. No hablaría de las groserías que a veces cometo contra el público, ni diría una sola palabra sobre las reiteradas ocasiones en que los coristas son quienes terminan cantando debido a que yo estoy afónico, ni mencionaría los momentos de amnesia en los cuales se me olvidan mis propias canciones, ni contaría por qué fui sometido a una cirugía en el tabique nasal, ni le concedería importancia a ese apodo que me puso la gente cuando empecé a faltar a los conciertos: ‘No-vienes Díaz’.

    Si yo estuviera en los zapatos de Diomedes, digo, también me serían indiferentes los periodistas. Pensaría que no les debo nada, los atendería únicamente cuando hubiera necesidad de promocionar mi trabajo. Cuando les concediera esa gracia lo haría solo por cumplir un requerimiento contractual de la casa disquera, pues si de mí dependiera a ellos jamás les correspondería divulgar mi obra. ¿Más divulgación de la que he hecho yo mismo durante treinta y cuatro años al cantar un día en la altiplanicie, otro día en la sabana, al día siguiente en el desierto y después en el litoral? Las multitudes que acuden a mis presentaciones van detrás de mí espontáneamente, no porque ningún periodista las arree a punta de micrófonos o de reseñas. Muchas de las personas que me idolatran me conocieron desde el principio de mi carrera, cuando mi rostro no aparecía en los periódicos ni en los canales de televisión. Yo no tuve un mánager asentado en Miami que reinara en los círculos donde se confeccionan, sobre medidas, las listas de los discos más vendidos, un mánager omnipotente que me apadrinara para ayudarme a ganar los premios amañados de la industria del espectáculo, un mánager que con un simple movimiento de su dedo meñique hiciera arrodillar ante mí a los gacetilleros de la farándula. No, señor. Los mánagers de los conjuntos vallenatos, con honrosas excepciones, son unos simples vendedores de bailes: cargan tres, cuatro, cinco teléfonos celulares para recibir las llamadas que, desde todo el país y a veces desde el exterior, hacen los empresarios solicitantes de nuestros servicios. Y pare de contar. Si yo no permaneciera tan ocupado gracias a mi oficio de cantante, sería mánager de un grupo vallenato, créanme, porque es lo más fácil del mundo: contesto “aló” y una voz al otro lado de la línea reclama al artista en Pasto. Entonces, miro la agenda y anoto. Contesto “aló” y una voz al otro lado de la línea me pregunta si el artista podría ir a Cereté. Entonces, miro la agenda y vuelvo a anotar.

    Jamás se dio el caso de que en un almacén de cadena hubiera una muchacha de minifalda ofreciendo boletas para participar en la rifa de una camioneta, a cambio de la compra de mi nuevo álbum. Antes de definir mi lista de canciones, antes de yo abrir la boca para grabar la primera estrofa de un paseo de Marciano Martínez o de un merengue de Calixto Ochoa, había un gentío enorme encargando miles de copias. De suerte que cuando el disco finalmente aparecía ya estaban prevendidas unas trescientas mil unidades. Y ese era solo el banderazo, el arranque. Cuando las canciones empezaban a sonar, la cifra se triplicaba en cuestión de semanas. Ahora cualquier pelagatos vende diez mil copias y ya se cree el caballo que más relincha. En esta época de piratería, de música clonada a través de internet y multiplicada hasta el infinito con aparatos digitales, el éxito se logra con treinta mil unidades. Yo vendía setecientas cincuenta mil, un millón. Como decía el maestro Alejo Durán, alma bendita, lo mío no parecía oferta de música sino venta de leche. El día que mi producción salía al mercado, la sede de la Sony Music en Bogotá se atiborraba de lustrabotas, ropavejeros, loteros, mercachifles de semáforos, personas humildes ajenas a la industria pero decididas a revender mi disco a ojos cerrados, porque sabían que era un negocio rentable. Y ni hablar de lo que sucedía en Valledupar, la ciudad donde vivo: el alcalde declaraba día cívico, las emisoras me dedicaban cada segundo de su programación, los fanáticos me montaban en el carro del Cuerpo de Bomberos, el pueblo entero se postraba a mi paso.

    La primera propaganda de televisión sobre mí salió al aire en junio de 1982, seis años después de haber comenzado a grabar, cuando ya mi carrera musical se encontraba consolidada. Fue una estrategia de la casa disquera para aprovechar la altísima sintonía del Campeonato Mundial de Fútbol. La propaganda era sencilla, sin artificios, simplemente aparecíamos ‘Colacho’ Mendoza y yo interpretando el estribillo del paseo Todo es para ti. Pero mi reconocimiento empezó muchísimo antes de aquella publicidad. A esas alturas, insisto, ya llevaba seis años de correrías entre la Ceca y La Meca. Tiempos de coraje, de sacrificios. Al principio hacíamos viajes terrestres de seis, siete horas. Los músicos íbamos apretujados en un autobús que andaba dando tumbos por carreteras abruptas. Aguantando calor, tragando polvo, peleando contra los bichos que se colaban a través de las ventanillas, sobreviviendo como podíamos a las sacudidas feroces que se producían en los tramos de escalerillas. A veces nos cubríamos las cabezas con pañoletas para evitar que el aluvión de arena se nos enterrara en el cabello. Por eso creo que a los cantantes se nos notan las horas de recorrido como a los pilotos. Cualquier melómano perspicaz descubre al oír una canción cuántos kilómetros de camino tiene su intérprete entre pecho y espalda, es decir, qué tanto ha cantado. Mientras más viajas, más cantas; mientras más cantas, más avanza el autobús, y cuando vienes a ver has dejado atrás la trocha escarpada y transitas por un sendero despejado donde el sol brilla solo para ti.

    Al tomar conciencia de mi condición de ídolo natural, al contemplar a las multitudes que me siguen, al recordar que en este preciso momento están sonando canciones mías en los cuatro puntos cardinales del país, al intuir que justo ahora un muchacho entona bajo la ducha alguno de mis versos, al medir el trecho que ha recorrido mi autobús desde el momento en que comencé el viaje, me reafirmo en mi decisión de negármele al Fulano cronista. ¿Para qué más difusión de la que ya tengo? Mi problema no es cómo atraer a los periodistas sino cómo quitármelos de encima.

    Si yo fuera Diomedes, en resumidas cuentas, mantendría a raya a los fisgones. Mostraría mis canciones, escondería mi vida. Pero el caso es que no soy Diomedes y se me nota demasiado en este monólogo. Si hablara de veras como él y no como un cronista que intenta interpretar sus juicios, mi exposición se reduciría a un par de líneas lacónicas, crudas, como les consta a quienes lo han oído referirse al tema en las casetas.

    ¬—Este es el verdadero Diomedes, no el que muestran los maricones de ‘las grandes prensas’. El verdadero es este que están viendo aquí, y lo que soy no me lo quita nadie… ¡porque no me da la gaaaaana!?

    Me resigné sin dolor al silencio de Diomedes. A pesar de que varios de sus allegados —su hijo Rafael Santos, su mánager José Zequeda, su amigo Félix Carrillo— prometieron varias veces conseguirme una cita con él, supe desde el comienzo que un encuentro personal entre él y yo iba a ser imposible. Lo ideal hubiese sido contar con su testimonio de primera mano, ni más faltaba. Pero él decidió enmudecerse. En ese sentido me queda el lánguido consuelo de haber agotado todas las instancias a mi alcance. Ahora bien: admito que, hasta cierto punto, su mutismo me procuró un poco de alivio: me quitó de encima la molestia de encararlo con las preguntas espinosas que contemplé hace un momento, cuando me tomé la licencia de internarme en su psiquis. De haber abordado tales temas en la entrevista que debió suceder y no sucedió, Diomedes seguramente me habría mandado a freír espárragos. Y así, de todos modos, retornaríamos ahora al mismo punto: la necesidad de contar la historia sin la declaración oficial de su protagonista. Porque así como él nunca contempló la opción de abrir la puerta para que yo entrara, yo nunca he contemplado la opción de ignorar los asuntos sobre los cuales él le debe una explicación al país. Me hubiera gustado contar con su voz pero no lamento su silencio. Parte de mi trabajo consiste en descifrar lo que mis personajes quieren decir cuando se callan.

    Algunas noches, viendo actuar a Dio-medes, he pensado en las inclemencias de su oficio. Él se sacrifica, noche tras noche, forjando la fiesta que otros disfrutan. Arde solo dentro del fuego con el que los demás se iluminan. Mientras los asistentes se enamoran o se alborozan con sus canciones, él está sudando la gota gorda en la tarima. En cada jornada le toca padecer —me consta— al latoso que le estruja el brazo, al borracho que le salpica la cara de saliva, al vehemente que le arranca los botones de la camisa. El único recurso que le queda para soportar a esa horda de seres enloquecidos es enloquecerse como ellos. Si siguiera tomando solo consomé de pollo como hace treinta años, a estas alturas ya no estaría cantando vallenatos sino villancicos en la tuna de algún colegio religioso. Para conectarse con la cáfila de ebrios hay que estar ebrio también. Por eso Patricia Acosta me dijo, con los ojos llorosos, que el Diomedes que adquirió los vicios fue el cantante, no el ciudadano común y corriente. Cuando los vocablos “parrandear” y “trabajar” se vuelven sinónimos, llega un momento en que no se sabe dónde termina la rumba y comienza el resto de la vida. Piensas, como Diomedes, que la felicidad cabe completa en este grito eufórico: “¡Ahora estoy mejor: las vacas pariendo y yo bebiendo”. Pero te mueres un poco cada noche.

    En eso pensé una vez que, en vísperas de un concierto en Valledupar, vi a dos colaboradores de Diomedes ayudándole a soldar con pegante sus dientes delanteros. Allí, en la boca donde habían estado durante los años de esplendor unos dientes de porcelana bruñida con un diamante engastado, ahora solo quedaba el vacío, la devastación. Un poco después se subió a la tarima como si nada hubiera pasado. Sonó el acordeón de Álvaro López, empezó la nueva función.



    POR: ALBERTO SALCEDO RAMOS / REVISTA: SOHO

    Fuente: http://www.blogvallenato.com/2010/06/24/10144/


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    Re: La Eterna Parranda, la gran crónica de Diomedes Díaz

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